domingo, 19 de abril de 2015

Seguimos luchando por el cambio


No nos van a amedrentar. Seguiremos aquí, en el corazón de las comunidades populares, donde vive la gente más golpeada por el fracaso de este régimen. Estamos comprometidos con la construcción del cambio y el progreso de todos los venezolanos. ¡Vamos a derrotar a la violencia!

sábado, 18 de abril de 2015

¡Vamos a derrotar a la violencia!


Las dos caras de nuestra caminata por Los Frailes de Catia. Nuestro casa x casa fue recibido con una gran receptividad por los vecinos deseosos de CAMBIO. Ya finalizando un grupo de motorizados armados que no son de la zona subieron echando plomo. Se encapucharon y preguntaron por algunos de nosotros por nombre y apellido. La policía nada hizo, se fue siguiendo órdenes de los delincuentes. Saverio Vivas, candidato de Catia para Catia, intentó dialogar con ellos y le partieron la cara con una pistola. ¡No nos van a amedrentar! La violencia no va a parar la fuerza de un pueblo que quiere CAMBIO. VAMOS A DERROTAR A LA VIOLENCIA. ¡VENEZUELA TIENE QUIEN LA DEFIENDA!

jueves, 16 de abril de 2015

Activando por el cambio...

En Los Magallanes con Rosa Figueroa, leyenda de CATIA, construyendo el #CambioIndetenible

Una foto publicada por Daniel Fermín A. (@daniel.fermin) el

Recorriendo LA COROMOTO en Los Frailes de CATIA, llevando el mensaje del #CambioIndetenible casa por casa

Una foto publicada por Daniel Fermín A. (@daniel.fermin) el

Caminando Los Magallanes de #CATIA llevando el mensaje de #CambioIndetenible rumbo a las #PRIMARIAS con Saverio Vivas

Una foto publicada por Daniel Fermín A. (@daniel.fermin) el

Con vecinos de San Andrés en EL VALLE, junto a José Guerra, organizando el #CambioIndetenible desde las bases

Una foto publicada por Daniel Fermín A. (@daniel.fermin) el

Politika de calle #05: Donde no llega el Estado (Publicado en PolítiKa UCAB)

Semana Santa nos agarró en el llano guariqueño.  Caminos de tierra cruzan la inmensidad de una tierra hermosa, aunque castigada por los estragos del intenso verano.  Mayores son, sin embargo, los estragos de otro orden, los que provienen del colapso y el abandono de las instituciones públicas.  Los servicios públicos no existen en la ruralidad venezolana y, más allá del hechizo que evocan las aguas del morichal y la luz omnipresente de la luna llena en unas noches que nunca son del todo oscuras, se manifiestan las deficiencias del día a día, la necesidad que pasa la gente. 

Por cuadras llaneras se ven personas sentadas sobre sus bombonas en la vía principal, esperando a ver si pasa el camión.  El resto cocina a leña.  Luz eléctrica, ni hablar.  El llano se mueve a punta de plantas que funcionan con gasolina.  Un desperfecto en alguna y sucede lo que encontramos en Parmana: no hay repuestos, por lo tanto no hay luz, por lo tanto no hay, para decir lo menos, hielo ni nada que requiera de refrigeración desde hace tres meses.  Los Mercales, cerrados.  El patrullaje, prácticamente inexistente.  Que el mundo rural posea riquezas propias, infinitamente distintas a las de nuestro caos urbano, no justifica el abandono.  Por allá no llega el Estado.

Días antes nos encontrábamos en otros caminos, también de tierra, que mostraban otros rostros de hastío sobre otras bombonas, esperando a otros camiones que tampoco llegaban.  Casas de bahareque nos transportaban a siglos pasados y sólo el zumbido de las motos nos recordaban que no estábamos en alguna sabana lejana sino en los linderos del Área Metropolitana de Caracas.  Hablamos de la Zona Rural de El Hatillo.

Más de 400 kilómetros separan las dos localidades.  No obstante, muchos de los problemas son los mismos. ¿Por qué? La ruralidad tiene su dinámica, sus maneras, lo hemos dicho.  No se trata de eso, hay algo más allá: la ausencia del Estado.

En la Fila de Turgua conversamos con Gustavo Cisneros.  Comparte nombre y apellido con uno de los magnates más reconocidos del país y del mundo, aunque su realidad dista mucho de la de su tocayo de La Colina.  Gustavo es docente y promotor comunitario, recorre todos los caseríos de la Fila pendiente de la cisterna que surte agua a las casas que dependen de ella ante la ausencia del servicio directo.  En tiempos pasados, con el esfuerzo de una Cooperativa, consiguió y manejó una ambulancia en El Calvario, el barrio popular ubicado en la zona urbana, frente al pueblo de El Hatillo, hasta que se metieron el Estado y la prudencia de las leyes, y dejó de manejarla...  Y dejó de haber ambulancia en El Calvario.  En tiempos remotos fue concejal, aunque su tono y carácter es la de un hombre que es político en su preocupación y vocación por lo público, pero que se ha cansado ya del carnaval partidista y electoral.  Es, ante todo, un hombre sencillo, cordial, servicial, tímido ante la cámara.  Conoce a todo el mundo, a los papás de todo el mundo, y las historias de todo el mundo.  Critica donde hay que criticar, reconoce donde hay que reconocer.  Con él recorremos las realidades de la ruralidad hatillana, a escasos kilómetros de La Lagunita, su despampanante vecina, con la que comparte, si acaso, una jurisdicción político territorial.

La comparación la hacemos muy adrede.  Es parte del drama de esta zona remota, rural, que forma parte de un municipio tenido por muchos, erróneamente, como rico.  También es un municipio de recursos muy escasos, por los cuales se pelean los ciudadanos de las zonas más densas.  Hay, en El Hatillo, al menos cuatro realidades: la de una clase media que reclama la atención de las instancias del gobierno, específicamente de la Alcaldía; una pequeña zona popular que tiene menos gente pero más necesidades; una robusta zona de mansiones con ciudadanos que, también en su derecho, reclaman servicios, ornato, seguridad, atención del gobierno; y nuestra zona, la que recorremos con Gustavo: rural, empobrecida, marginal en el sentido más estricto de la palabra. 

En un punto de la Fila de Turgua se cruzan tres municipios de Miranda: El Hatillo, Baruta y un Paz Castillo que ya nos suena lejano a los caraqueños.  Más allá de lo trivial, esto viene a constituir un drama adicional, el de esas tierras de nadie, fronterizas, que nadie suelta pero que tampoco nadie quiere.  Allí hay habitantes, más que ciudadanos.

Cuatro niveles de gobierno tienen competencia sobre la Zona Rural de El Hatillo: el gobierno nacional, la Gobernación de Miranda, la Alcaldía del Área Metropolitana de Caracas y la Alcaldía de El Hatillo.  A esa lista debemos sumarle la Corporación de Desarrollo de la Cuenca del Río Tuy “Francisco de Miranda”, mejor conocida como CorpoMiranda, a cuya cabeza se encuentra el ministro Elías Jaua, bautizado desde el alto gobierno como el “Protector” del Estado.  De modo que con cuatro instancias electas y una paralela que supera en presupuesto a varias de las anteriores, cabría suponer algún tipo de presencia y, con suerte, algún esfuerzo mancomunado en la zona.  No es el caso.

No hay coordinación alguna, nos dice Gustavo.  Las instituciones no se ponen de acuerdo ni se organizan en beneficio de la comunidad.  Hay demasiada separación y anda cada quien por su lado, insiste.  Compiten, no en gestión, sino en poder: “los que tienen más poder se lo quitan a los que deberían tener, que tampoco hacen”.  Para muestra, el ambulatorio, envuelto en una confusión administrativa entre la alcaldía y el ministerio, o la seguridad: por ser Zona Protectora, le corresponde a la Guardia Nacional Bolivariana asumir labores de patrullaje, pero no las hace.  Tampoco la Policía de Miranda ni la Policía de El Hatillo tienen mayor presencia, mientras la droga le gana el juego a la juventud en una zona donde no existen mayores oportunidades de formación, empleo, esparcimiento o buen uso del tiempo libre.

Gustavo alude al tema de la partidización como algo que “perjudica mucho” a la comunidad.  No el hecho de que existan partidos, sino la dinámica que surge cuando los dirigentes ponen el querer figurar, o “protagonizar”, como él mismo lo define, por encima de las soluciones y las propuestas concretas.  No hay, a escasos kilómetros de la Capital, los servicios más básicos, y la partidización, o más específicamente los conflictos que surgen a partir de la partidización, se han constituido en un obstáculo para que lleguen esos servicios.

Creemos justo reconocer, en medio de este estado de abandono en el que viven los ciudadanos de las zonas rurales, la presencia de mujeres y hombres que trabajan en lo público y desde lo público.  Sorprende que en algunas zonas de Turgua pasa el aseo urbano, prestado por la alcaldía, que también proporciona la cisterna.  El ambulatorio cuenta con un médico cubano.  Cuando decimos que no llega el Estado no queremos despachar ni minimizar estos esfuerzos, sino señalar su insuficiencia.

¿Qué hace falta para cambiar esto? Es una pregunta que le hacemos directamente a Gustavo.  Responde completando el diagnóstico: “Somos la otra cara de Venezuela.  La gente que necesita, la gente que no tiene, la gente que pasa trabajo”.  Continúa relatando las carencias: de transporte público, seguridad, escuelas mal dotadas, ausencia de comedores, Mercales que no abren, hogares de cuidado diario que hacen falta, y concluye que se debe “a la misma parte política”, con lo que quiere referirse a la conflictividad.  Aterriza en los retos, en lo que hace falta para cambiar y se centra en la unión entre los vecinos y en la imperiosa necesidad de consolidar una mayor organización.  Están las leyes que promueven la participación, los consejos comunales, “pero no se lleva a cabo”.  Las soluciones a los problemas de su comunidad siempre han venido desde la misma comunidad, por eso su foco está allí, en fortalecer el músculo comunitario, el vínculo social primario, directo.  Quizás es tanto el abandono que ya siente al Estado lejos, al gobierno en otro plan que no es el de brindar servicios.  O tal vez la experiencia le ha enseñado que la democracia se consolida desde abajo y las reivindicaciones se logran con espíritu gregario y reclamo colectivo.

Al drama de un Estado ausente, de una conflictividad política que obstaculiza la gestiones de gobierno, de una ruralidad sin mayores dolientes en las instancias de poder y de una población que está al margen de todo lo hemos llamado Parmana, Turgua, Zona Rural.  Pero podríamos llamarlo de mil maneras, a partir de mil realidades análogas a lo largo y ancho del país.  Comunidades que carecen de lo más básico en pleno siglo XXI, ante un gobierno cuyas prioridades están en otro lado.  Coincidimos con Gustavo en que el progreso está en la fuerza de la gente, en su capacidad de organizarse y reclamar lo que le corresponde, en la verdadera democratización de lo público y en una transformación que permita redirigir el esfuerzo estatal hacia la solución mancomunada de los problemas.  Urge recuperar lo público para la gente, democratizarlo, modernizarlo, despojarlo de sus lógicas perversas, porque aún hay personas que viven como hace dos siglos allá, donde no llega el Estado.

@danielfermin

martes, 17 de marzo de 2015

Venezuela en cuatro bloques (Publicado en Tal Cual y RunRunes)



Aguantando la respiración.  Así andamos los venezolanos en medio de una crisis generalizada que se caracteriza por el desborde de la inflación, el desabastecimiento y la escasez.  Que nada se rompa, que nada se dañe, que nadie se caiga (sobre la crisis del sector salud podríamos escribir bibliotecas enteras).  Hoy la precariedad y la vulnerabilidad son cruces que cargamos a cuestas los venezolanos comunes y corrientes.

Cualquier imprevisto es un golpe.  Los repuestos de automóviles no escapan, por supuesto, a esta realidad, y cualquier metida al taller implica no sólo la incertidumbre de una fecha de entrega sujeta a la intercesión de santos patronos de repuestos inencontrables, sino la del precio final de unos productos que, precisamente por ser escasos, cuando aparecen son incomprables.  Para el que trabaja con su carro, o el que gracias a su carro puede trabajar en puntos apartados de la ciudad, una falla mecánica puede ser la diferencia entre poder hacer mercado o no, entre comer o no.

Particularmente grave es el problema de los cauchos.  El “no hay”, consigna real, aunque no oficial, de la economía revolucionaria, también domina la actividad cauchera.  El drama para cualquier hijo de vecino comienza cuando se percata de que, caramba, a un caucho le falta aire.  Manejando con cautela, se acerca tempranito a la estación de servicio más cercana, donde le dicen que, qué va, a esa hora no hay aire porque no ha llegado el muchacho, venga más tarde.  Accidéntese en horario ejecutivo.

Si sigue a otra bomba, se percata de que existe un patrón.  A la tercera estación se rinde, en ninguna hay aire.  Estación de ¿servicio? Se estaciona y pasa las horas angustiado por un caucho que está ya casi en el piso.  Cuando sale, va, ahora con más cautela, a otra bomba, donde se da cuenta de que no es cuestión de horario ni de personal.  Las bombas de gasolina ya no tienen aire.  Hasta ese punto llegó el “no hay”.

Se dirige entonces a una cauchera.  En la primera, pareciera mamadera de gallo, ¡no tienen aire! Se dañó el compresor y, naturalmente, no hay repuestos.  Piensa en los puestos de trabajo, en un negocio abierto que no sabe bien cómo funciona sin aire, como panadería sin harina.  Afortunadamente, al lado hay otra cauchera.  Se estaciona, ya preocupado porque ni el caucho de repuesto puede colocar en lugar de este que se ha antojado de dañarse.  Recuerda que, precisamente, el de repuesto está allí porque estaba ya malo para rodar.  Cosas de nuestra vialidad urbana.

En esta cauchera corre con suerte.  Aire hay.  Lo que no hay son cauchos.  O, bueno, hay promoción de cauchos con rines, salen en 72 mil los cuatro, le dicen.  Pero cauchos, cauchos, así solos, no hay.  Sí, él tampoco lo entiende mucho.  Está convencido de que un arreglo así debe ser ilegal.  También sabe que no debe ser negocio para el dueño vender un caucho solo.  Recuerda la ira que le ha producido en el pasado aquel absurdo de que en las areperas no te vendan la popular “viuda”, la arepa sola, aunque la lógica debe ser la misma.  Ira con hambre, la del peor tipo.

Pone cara de poker, como si el precio no lo timbrara, como si fuera algo accesible, pagable en cómodas cuotas o con el ras de un tarjetazo.  Le da la propina al señor que, gentilmente, insufló vida al caucho malo y a otro que va por el mismo camino.  Y así va, ya más curtido a la hora de repetir la rutina, a más tardar en dos o tres días, cuando se vacíe el caucho que difícilmente puede ahora remplazar.

La odisea del caucho no es caso aislado.  Está bien documentado el porque.  El rubro no ha recibido dólares, por lo cual la producción de neumáticos cayó a la mitad este año.  De 21 mil 500 unidades que salían de Goodyear, Pirelli y Firestone, hoy no llegan a 11 mil entre las tres.  El ministro de Transporte Terrestre anuncia unas divisas para la importación a las que nunca se les ve la cara.  Paga, como siempre, la gente. 

No es caso aislado, decíamos.  Situaciones análogas hay con los alimentos, los medicamentos, los repuestos, los insumos médicos.  Es una crisis general, producto del fracaso de políticas económicas trucutú y de la incapacidad del gobierno para recibir las críticas y rectificar el camino.

Los ciudadanos, los que sufrimos la crisis, tenemos el poder de cambiar esto en nuestras manos.  Nos intentarán convencer de lo contrario, sembrando desesperanza, indignación y temor para que sintamos que no, que no hay nada que hacer.  Pero somos los venezolanos, los que sufrimos la odisea del caucho, de la farmacia, del mercado, de la violencia, día tras día, los que poseemos la oportunidad de manifestar nuestro deseo de cambio de manera clara y contundente este mismo año, en apenas pocos meses. 

Hablamos, por supuesto, de las elecciones a la Asamblea Nacional.  Allí tendremos todos los ciudadanos un escenario para decir “ya basta” a un régimen de abuso y corruptela que no supo, en dieciséis años, conducir el país.  En las elecciones parlamentarias, la participación activa de cada venezolano humillado, injuriado, angustiado, será clave para enderezar el rumbo.  Con el voto, cada venezolano que aguanta hoy la respiración en la más extrema de las vulnerabilidades podrá exhalar profundo, con la satisfacción de sumar a la causa de que esto cambie y castigar a la oligarquía malandra que mientras saquea los recursos del pueblo ha dejado a Venezuela en cuatro bloques.

@danielfermin

sábado, 7 de marzo de 2015

#CambioIndetenible EL VALLE



Conversando con los vecinos en el callejón Villa del Cármen de Barrio Nuevo, calle 1 de EL VALLE, tierra de Nicolás donde no lo quiere nadie, golpeada por la desidia, la violencia y el caos... Estamos construyendo el #‎Cambio de abajo hacia arriba, con mucha organización, amplitud y trabajo. Juntos vamos a salir de esta #‎CambioIndetenible