viernes, 19 de diciembre de 2014

Difícil Navidad (Publicado en Tal Cual y RunRunes)

No podía ser de otra manera. Las navidades de 2014 se parecen al resto del año. Son consecuencia de esos meses precedentes, testigos de la peor crisis de la historia reciente. Es más que un mal momento, se trata del colapso de un modelo insostenible, de la mano de un gobierno incapaz que no sabe ni puede ponerle ya coto a la situación.

Diciembre suele traerle a la gente un respiro. Por unos cuantos días, pareciera declararse una tregua a las tribulaciones del día a día, para disfrutar en familia momentos de reencuentro, reflexión y alegría. Este diciembre ha sido muy difícil para los venezolanos y el respiro ha sido corto, accidentado, ansioso. Los problemas parecen no acatar ningún cese al fuego y, todo lo contrario, se acentúan, manifestándose en la escasez, los desorbitados precios y el plomo que lleva en el ala la calidad de vida.
Mientras tanto, el gobierno intenta responder con una normalidad impuesta. “Navidades felices”, declararon en noviembre. Caravanas de vehículos oficiales desfilan, cual carrozas, con militares a bordo y funcionarios públicos por las autopistas, portando pancartas con la imagen de Maduro al son de unas gaitas pro gobierno que, en su inmensa contradicción, resuenan de gigantescas cornetas. Pero el deslave sigue. El de menos es el de la popularidad del gobierno, sólo producto del que de verdad golpea contundentemente al pueblo, que es el deslave del país.
Las Navidades penden de un hilo, no por la agenda política ni por alguna supuesta desestabilización, sino porque la situación del país ha colocado a la gente en un estado de extrema vulnerabilidad. El Niño Jesús requiere de un esfuerzo titánico, que puede esfumarse al primer imprevisto. Que no se dañe la nevera, que no se espiche un caucho ni haya que meter el carrito al taller. Que no se caiga el muchacho ni se enferme la abuela. Las familias pasan esta temporada aguantando la respiración, con el sumo cuidado de no caerse, de no romper, dañar, perturbar una realidad que es tan frágil como lo es insoportable.
Es muy duro vivir así. Los excedentes de la bonanza petrolera deberían paliar, desde el gobierno, las penurias de hoy, pero esa plata se la robaron, la derrocharon, la regalaron. Hoy el gobierno, detrás de la gaita autoindulgente y la felicidad decretada, declama un “¿Y qué quieres tú que yo haga?” que retumba en el estómago del hambriento y en las lágrimas de la víctima de la violencia, en la bilis del que no consiguió medicinas y en la sangre hirviente del que encontró al final de la cola un “no hay”.
Diciembre es sólo un corolario de la realidad que se vive día a día, de la lucha permanente que es vivir en revolución. La plata que no alcanza para nada, la gente que no tiene ni para comer. Frente a esa realidad y frente a ese pueblo que pasa las más abyectas necesidades por culpa del mal gobierno, debemos ofrecer un camino distinto y mejor, una alternativa real que brinde oportunidades de progreso para todos. Allí la responsabilidad de todos los que somos dolientes de lo público, de lo colectivo. Que este pueblo noble no sufra, nunca más, los embates de una Navidad tan difícil como esta pasa por lograr el cambio político, profundo, real, que sólo es posible apelando a nuestra fibra unitaria, solidaria y venezolanista, sembrando una esperanza real y honrando la confianza de quienes, cansados de vivir así, imploran por una opción que haga posible el avance de todos y la próspera felicidad que nuestra gente merece.
@danielfermin

viernes, 12 de diciembre de 2014

La urgencia del cambio (Publicado en Polítika Ucab)

A manera de prolegómeno
La política es, ante todo, una actividad.  Es dinámica, social, humana.  Independientemente de si se le considere como la manera civilizada de conciliar los conflictos y las diferencias en una sociedad, o de si se le tome como la guerra por otros medios; de que se base en procurar la libertad o en garantizar la dominación, el hecho es que la política se mueve, respira, actúa.  En aras de la honestidad intelectual, debemos dejar constancia de nuestra predilección por una concepción de la política basada en la administración del disenso y la garantía de la pluralidad, en su cualidad civilizadora y en los valores que de ésta se desprenden.  Frente a la política, la guerra, la aniquilación del contrario, la barbarie.  Desde este espacio, que hoy estrenamos, queremos contribuir al análisis, a la comprensión y la difusión de lo político desde la actividad política, siempre en clave analítica y no proselitista.  Para ello nos adentraremos en su día a día, entablando contacto con sus interlocutores de base y recorriendo las realidades que se viven, como el nombre de esta columna lo indica, en la calle.
La urgencia del cambio
La ubicuidad de la crisis se ha vuelto un lugar común.  Que es la más grave de la historia reciente, que lo peor está por venir.  Todo eso es cierto.  Tras los fríos indicadores, tasas y estadísticas, en ningún lugar se percibe la crisis como en la calle.  En el mercado, en la farmacia. En ningún lugar se vive la crisis como en las comunidades.
Recientemente estuvimos en el barrio El Limón, ubicado en la carretera vieja Caracas-La Guaira.  Allí, de entrada, nos encontramos con la cola del gas y, más arriba, con la del Mercal.  Nos explica Arístides López, vecino del sector, la dinámica, que no duda en calificar como un viacrucis: antes el camión del gas pasaba, casa por casa, por la calle principal y la gente salía a comprar sus bombonas.  Listo.  Ahora los habitantes de El Limón deben madrugar cada sábado para hacer su cola, a ver si el camión llega.  Lo del Mercal es peor: cada lunes madrugan para anotarse en un cuaderno y recibir su número para comprar lo poco que llega… ¡el sábado siguiente!
Beatriz Castro es una dirigente social y comunitaria de toda la vida.  Más de cuarenta años de vida activa en defensa de su barrio la han llevado a militar en varias toldas políticas tan contrapuestas que pareciera una inconstancia.  Dicen que de blanco, rojo y amarillo han visto a Beatriz a través de los años.  Lejos de esa primera impresión, lo que hay es una coherencia profunda: su comunidad viene primero y quien se muestre comprometido a ayudarla ha tenido en ella, y en un grupo grande que la acompaña, todo el apoyo.  Beatriz habla con la autoridad moral de quien conoce, como nadie, su zona, sus problemas, sus potencialidades.  Nunca ha visto tanta desidia, el gobierno no llega mientras los servicios colapsan.  Deja claro su derecho a vivir con dignidad cuando arranca sus argumentos con un “sabemos que vivimos en un barrio pero…”.  Es clara y se expresa con una soltura articulada que sería la envidia de más de un alto dirigente político.  Si así está la comunidad, imagínese el país, razona.
Estamos de mal en peor, nos dice Margie Guzmán, cristiana evangélica y vecina del sector Vista Hermosa.  A diferencia de Beatriz, no es dirigente pero, al igual que ella, ve con preocupación la crisis que vivimos.  La delincuencia y las colas para comprar comida son los principales azotes a la calidad de vida.
En la medida en que nos adentramos a la comunidad, con el viaducto a lo lejos dibujando el paisaje, palpamos sus carencias y nos golpea la universalidad de sus necesidades.  Pareciera que todo el mundo tiene chikungunya, las manos hinchadas y lesiones de la piel dejan en evidencia que no se trata de alguna hipocondría comunitaria.  Visitamos una casa donde el jefe del hogar se recupera de tuberculosis y su esposa guarda reposo por hepatitis.  El recuerdo de la tragedia de 1999 sigue en pie, y debemos mover el carro más arriba a la primera señal de una llovizna tan ligera que no puede llamarse lluvia, pero que asusta como si fuese un vendaval.  Lo que baja por esa calle es un río cuando llueve, advierten.  No exageran.
Así se vive en la Venezuela de bloque y zinc al año dieciséis de la revolución bolivariana, tras la bonanza petrolera más grande y sostenida de nuestra historia.  Son miles de miles de millones que por el barrio no se ven.  Las calles son de hace 25 años, al igual que las escaleras y las pantallas atirantadas.  La “quinta” les ha dejado un Mercal que abre una vez a la semana y miles de esperanzas frustradas.
Sin duda es una oportunidad perdida que se malgastó engordando el Estado, multiplicando y atornillando con soldadura las relaciones clientelares y promoviendo el saqueo de la Nación, por acción u omisión, dando rienda suelta a la impunidad.  No es todo.  La violencia diezma a la juventud, se trituraron las oportunidades y se desmanteló la institucionalidad del país.  Vivimos en un estado grave de anomia, signado por la desconfianza y la pérdida de referentes sólidos.  El gobierno, y con él el Estado (y el partido, desdibujaron la línea), se hace impermeable a la crítica y al reclamo, huyen hacia delante con disparatadas teorías de conspiración, guerras económicas, sabotaje, mientras arrecia la represión, la persecución política y el chantaje a los beneficiarios de la asistencia estatal.  Las iniciativas de la comunidad organizada, múltiples y diversas, se encuentran con muros impenetrables si no sirven de manera exclusiva a la agenda oficial.  Paga el pueblo, cada vez más vulnerable y de su cuenta.
Los analistas advierten que no hemos tocado fondo.  Es difícil imaginar un año más duro que este para el día a día de la gente común.  Las encuestas ofrecen su fotografía.  La de Datanálisis retrata un descontento prácticamente unánime: 85,7% de la población concuerda con la señora Guzmán en que esto va mal.  Lejos de la desesperanza, hay un clamor popular.  Lo comparten Arístides, Beatriz, Margie.  Lo comparte Karina, estudiante de 20 años de comunicación social en la Universidad Santa María y habitante de El Limón: El cambio.
¿Qué entiende la gente por cambio?  Para la señora Guzmán se trata del cambio de nuestros gobernantes y por ello ora a Dios para tener mejores hombres y mujeres en la conducción de los asuntos públicos. Para Beatriz es el cambio profundo que permita que las cosas marchen bien, un cambio político que se traduzca en bienestar.  Para Karina ese cambio pasa por una nueva Asamblea Nacional.  Es dirigente juvenil de la oposición y en sus palabras se entrevén líneas políticas prefabricadas, sin que ello le reste un ápice de mérito ni convicción.  Pero para Arístides, quien a lo largo de nuestra conversación ha ubicado en el gobierno actual, como más de 72% de los venezolanos según Datanálisis, la culpa de la situación del país, el cambio es otra cosa más desmenuzada, más del día a día, un cambio chiquitico que le daría a su calidad de vida un merecido respiro.  Cuando le preguntamos qué hace falta para que esto cambie, responde instintivamente por lo que más le afecta: “que el Mercal abra todos los días y no sólo los días sábado”.  ¿Es menos válido que la imploración de Margie o el reclamo político de Beatriz? ¿Es menos legítimo que el llamado a la acción de Karina? No.  El cambio grande, mediano, pequeño.  El cambio institucional, político, gerencial.  Cualquiera de ellos, todos ellos.  Hoy cambio es un clamor popular que rompe las barreras de la polarización política y la estratificación social.
Las élites políticas deben prestar atención a los temores y las expectativas de la gente. En especial deben hacerlo quienes ejercen el poder efectivo de las instituciones.  Para el gobierno, desoír al pueblo y, para la oposición, no acompañar al pueblo en sus reclamos, atendiendo agendas subalternas o desconectadas de los problemas reales, puede ser muy peligroso.  Las condiciones son terreno fértil para todo lo que, como Nación, debemos evitar: la violencia, la antipolítica, el quiebre del hilo constitucional.  Si “sólo el pueblo salva al pueblo” y “la voz del pueblo es la voz de Dios”, como tantas veces se nos ha dicho en los últimos lustros, cabe bien pasearse por las realidades de un país que pasa necesidades todos los días y cuya situación insostenible requiere de la atención prioritaria de la acción de gobierno y de la agenda política toda, oyendo a ese pueblo que no aguanta ya las penurias y que reclama con urgencia un cambio para mejor.
Los invito a ver el video testimonial de esta experiencia.




Polítka Ucab es una publicación del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello.
http://politikaucab.net/2014/12/11/la-urgencia-del-cambio/

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La vista en la pelota (Publicado en Tal Cual y RunRunes)

El descontento es prácticamente unánime.  Las últimas encuestas sólo confirman lo que se siente en cada esquina, en la parada, en el vagón del metro: la gente está cansada de pasar tanta necesidad, el país va de mal en peor y la culpa es del gobierno de Nicolás Maduro.  Datanálisis ofrece la fotografía más reciente: 85,7% de los venezolanos perciben como negativa la situación del país.  Tras un año y siete meses de un gobierno que prometió “eficiencia o nada”, nada hay en los anaqueles, nada hacen para combatir la violencia y la impunidad, nada baja de precio sino todo lo contrario, nada que se le ve compón al asunto mientras siga incrustada esta camarilla en el poder.

La inconformidad no es de gratis.  Al final, la revolución no fue más que un festín de privilegios para un grupito, signado además por la irresponsabilidad administrativa y de gestión, el saqueo al erario público y el desborde del hampa.  Mientras unos viajan en aviones de PDVSA sin ningún tipo de control ni rendición de cuentas, en flagrante peculado de uso, el pueblo hace colas de madrugada para comprar gas y los pocos alimentos que se consiguen.  Son proezas conseguir champú, detergente, pañales, jabón.

La desconexión de la cúpula gobernante con la gente de carne y hueso es total, por eso la caída libre de su popularidad.  De más está decir que si más de 85% de la población está descontenta, en esa cifra caben no sólo los opositores de siempre sino también miles de ciudadanos decepcionados por el fraude que resultó ser el “primer presidente chavista”.

Hoy el cambio es un clamor popular.  La cola, el tiro, el “no hay”, el secuestro, el “dos por persona”, el “compré lo que había”, el atraco, el billete que cada día compra menos, el abuso, en fin, el desastre, son elementos de una absurda pesadilla que nuestra gente quiere dejar en el pasado, y frente a la cual sólo reciben como respuesta de arriba la excusa, la conspiración, la CIA, el imperio, la guerra económica, la burguesía, El Niño, la iguana.  Haga el sacrificio, por la revolución, le dicen.  Necesito su apoyo y lealtad, le exigen, mientras día a día se deteriora la calidad de vida y se reducen las oportunidades.  No más.

Los sectores democráticos debemos estar a la altura de las circunstancias.  La gravísima crisis que vivimos nos exige acompañar a los venezolanos en los problemas de verdad, en el reclamo, en la contraloría social, y proponer alternativas serias para lograr el cambio que requiere Venezuela.  Las rutas son diversas: unos plantean la Constituyente, otros el Congreso Ciudadano, otros más la revocatoria del mandato del presidente.  Todas son caminos válidos y, aunque hemos planteado ya la inconveniencia de algunos de ellos y los peligros que suponen frente a un régimen como este, debemos reconocer en la heterogeneidad del reclamo un valor y mantener claro el objetivo de lograr el cambio político.

Ahora, más allá de estas y otras propuestas hay un compromiso ineludible, prácticamente mañana: la elección de una nueva Asamblea Nacional.  Hacia allá debemos ir con el reto de transformar la inconformidad en una sólida mayoría que convierta lo que es hoy un adorno del poder en una herramienta poderosa para el cambio.  Un parlamento que represente a la gente.  Allí estará la medida del éxito o el fracaso de todo el que se diga político en el próximo año, en su capacidad de traducir el descontento en votos por el cambio.  Desde la Asamblea Nacional podremos darle voz a los que hoy no la tienen e impulsar una agenda de transformaciones profundas en lo político, económico y social, que nos permitan avanzar juntos hacia el progreso.

En medio de este panorama, preocupa la exacerbación de descalificaciones y divisiones entre demócratas.  Fracasaremos y le fallaremos al país si no enfocamos todas nuestras energías en salir de un régimen autocrático, represor, violador de los derechos humanos y que cada día nos hunde en la miseria producto del modelo fracasado que importaron de Cuba.

Hay mil luchas, de mil sectores distintos, a veces contrapuestos entre sí.  El mal gobierno no lo aguanta nadie.  Lamentablemente, esto lleva a veces al desbordamiento de las pasiones desde todas las trincheras, dejando heridas que tardarán en sanar si no se le pone reparo inmediato a la situación.  En esto, la víctima es siempre la gente, que ve a sus interlocutores en una pelea ajena y estéril.  En la lucha por la democracia y el progreso hay que superar las mezquindades, el sectarismo y el canibalismo político.  Sería miope y criminal pelearse por ser el “mejor segundo” o el primero de la oposición.  El país no perdonaría tamaña grosería.

El pueblo espera mucho de sus dirigentes en medio de esta crisis tan difícil: seriedad, lucha, responsabilidad, acompañamiento.  No lo defraudemos.  Venezuela nos necesita más unidos que nunca, mantengamos la vista en la pelota y luchemos juntos.

@danielfermin

jueves, 20 de noviembre de 2014

Oído al Tambor - Entrevistado: Daniel Fermín - 17-11-14

Gobierno pirata (Publicado en Tal Cual y RunRunes)

Como el estudiante vago, el presidente esperó hasta el último momento.  Tras un año de una Ley Habilitante solicitada con la excusa de combatir la corrupción, Nicolás Maduro anunció, la noche antes de vencerse su habilitación, 28 nuevas leyes y reformas.  Al final del día fueron 41, apuradas, improvisadas e inconsultas. 

Aún el país no conoce en detalle estas nuevas leyes.  En cadena, el presidente anunció 16 y dejó la tarea de informar del resto a sus ministros.  Es un proceder atropellado meter de contrabando, entre gallos y media noche, una reforma legal de esta magnitud.  ¡Vaya participación popular! La guinda es la actitud del gobierno, que jura que se la está comiendo y que fregaron a la oposición, cegados por una soberbia tremenda que sólo incrementa su desconexión definitiva con los problemas de la gente.

Tras el choricero de artículos, numerales, literales y leyes, el país va muy mal.  Cifras del propio Instituto Nacional de Estadística dibujan un repunte espeluznante de la informalidad, que salta casi 6%.  Mas aún, 84% de los empleos clasificados por el INE en el último año lo generó el sector informal.  La violencia empeora cada día más, de nada sirve que la nueva ministra sea, como el anterior, un militar.  En el primer semestre del año hubo 455 homicidios de niños y adolescentes en lo que representa una guerra clara del hampa al futuro.  En el país de las mayores reservas mundiales, los ciudadanos se humillan haciendo colas buscando gasolina.  En año y medio Maduro trituró la economía y con ella la calidad de vida de los venezolanos, mientras aumenta la censura, la represión, la violación a los derechos humanos.  Las ciudades son cerros de basura, de miedo y desconfianza, colapsadas a las primeras cuatro gotas de lluvia.  Todo mal hecho.

Si el problema del país se resolviera con leyes Venezuela sería el país más desarrollado, equitativo y próspero del mundo.  Pero no se trata de leyes, mucho menos cuando pretenden, estas nuevas y otras no tan nuevas, acelerar el proceso de dominación social y pasarle por encima a la Constitución para darle al gobierno, por la vía legal, el sustento que ha perdido en el apoyo popular.  Allí está la Ley Desarme, aprobada pero no implementada por el chantaje del hampa roja, guapa y apoyada, que hoy ocupa a sus anchas incluso antiguas sedes policiales y sedes de gobierno.

El problema es el modelo.  Con este paquetazo legal, el pueblo pagará una vez más el fracaso del gobierno.  Ante el fracaso de la política económica y sin reparar un instante en la regaladera de los recursos de los venezolanos a otros países, el gobierno de Maduro le mete la mano en los bolsillos a los venezolanos porque se quedó sin plata.  Más impuestos.  Y ¿Para qué la plata? No es para resolver la grave crisis que vivimos, sino para financiar, otra vez y con el dinero de todos, la campaña del partido de gobierno con miras a las elecciones de la Asamblea Nacional. 

El combate a la corrupción no fue más que un pretexto chimbo, como deja en evidencia una reforma a la Ley Anticorrupción que permite al presidente declarar como “secreta” cualquier información en la materia.  En lugar de enfrentar la corrupción con transparencia, la ley da facultades para encubrirla.  El mundo al revés.

El país se les fue de las manos.  Más ocupados en mandar que en gobernar, en el control que en el bienestar del pueblo, desataron la peor crisis de la historia reciente.  El desastre rojo no se arregla estudiando la noche antes del examen.  Nuestra situación gravísima no admite soluciones piratas.  Por eso hay que cambiarlos y, con ellos, cambiar radicalmente su modelo fracasado.  De allí la importancia de organizarnos para lograr una mayoría contundente en la Asamblea Nacional.  Desde allí podremos impulsar los cambios que requiere el país y ejercer un control efectivo del gobierno, de manera responsable y seria. 

Con la verdad por delante, sin convertir la AN en una especie de genio o hada madrina, hay que llevar el mensaje de unión y cambio por todos los rincones, conversando con la gente sobre lo que puede (y no puede) lograr una nueva Asamblea Nacional, que responda al pueblo y no a un grupito enquistado.  Es la próxima parada, y nuestra más cercana oportunidad para enderezar el rumbo de un país que se desbarata por un gobierno pirata.


@danielfermin

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Burla al pueblo (Publicado en Tal Cual, RunRunes y revista Dinero)

El cálculo de Maduro del salario de los venezolanos en dólares no quiere decir que él sea bruto, sino que está convencido de que los venezolanos lo somos. Según el presidente, tenemos “el más alto Ingreso Mínimo Legal Mensual del continente” y ganamos, como mínimo, 1.097 dólares cada mes.  El argumento, además de falso, encierra otro mensaje no tan velado e igual de mentiroso: “afuera están peor” o, mejor dicho, “agradece, que afuera están peor”.  Es de un cinismo atroz y una burla perversa en la cara del pueblo decirle a un trabajador que su ingreso precario, ese que no le alcanza para hacer un mercado completo y pagar los servicios y las deudas, es de más de mil dólares.  Muy distinto sería el cuento de ser así.
La revolución nunca se equivoca.  Hay conspiraciones, componendas internacionales, sabotaje interno, inoculaciones secretas.  Su lógica orwelliana ha llevado a la élite de la revolución a una arrogancia tremenda producto del poder absoluto que degenera en una mirada de desprecio sobre los ciudadanos, de la cual se desprende la subestimación y que explica la facilidad con la que se burlan del pueblo.  Se vieron sorprendidos por una sociedad que, contrario a lo que pensaban, sí saca cuentas y sí es capaz de indignarse, y tras aumentar 45% los sueldos del partido (armado) de gobierno, que además acumula alrededor de 500% de aumentos en 15 años, la oligarquía roja tuvo que paliar esa indignación colectiva anunciando, improvisadamente como de costumbre, un aumento, esta vez de 15%, para ese estorbo de segunda que conforman los civiles en la sociedad.
20 bolívares diarios.  Ese es el aumento.  Le queda grande la palabra.  No alcanza ni para un café de barra, no es un cuarto de carrera de mototaxi ni da para una empanada en un país en el que el billete más grande compra si acaso la chuchería baratona del kiosco.  Aun así el gobierno, casi ofendido por la osadía de un pueblo sabio y molesto, ha salido a defender sus migajas.  El vicepresidente de Planificación y Conocimiento, Ricardo Menéndez, dijo que el aumento es mayor a la inflación y a la canasta básica.  Para no quedarse corto, afirmó también que el ajuste salarial garantiza la reducción de la pobreza.  No se trata solamente de una gran irresponsabilidad y mayor mentira, ni retrata apenas una desconexión total con los padecimientos de la gente, sino que expresa una burla deliberada y cínica a todos los venezolanos, especialmente a los más humildes y vulnerables.
El gobierno está acostumbrado a burlarse del pueblo, no es la primera vez.  La fantasía de la “guerra económica”, atapuzada por la propaganda oficial, se ha convertido en la excusa predilecta de un gobierno incapaz y de su modelo fracasado pero es, en esencia, la mayor de las burlas.  Son mil burlas, o la burla continuada: la escasez total del cemento y las cabillas, después de nacionalizadas ambas industrias, la violencia en la calle luego de más de veinte planes fracasados de seguridad y la rotación infinita de ministros, los atracos diarios en el transporte público luego de rimbombantes payasadas de militarizar el metro y los carritos por puesto, el horror carcelario luego de la creación de más burocracia en la forma de un nuevo ministerio que ha agravado el problema, el presidente de la Asamblea Nacional solicitando una fulana lista de corruptos cuando el gobierno sabe bien dónde están y quiénes son sin que pase nada, la importación de gasolina debido a la destrucción de la industria petrolera, la situación de los derechos humanos.  Iguanas, paramilitares, imperios, yo-no-fui.
Lamentablemente no tenemos un gobierno serio sino una pandilla de improvisados engolosinados con los privilegios y el poder.  En su infinita arrogancia de poderosos se burlan del pueblo todos los días mientras el país se cae a pedazos.  Por eso urge cambiarlos.  Los venezolanos merecemos recuperar la senda al progreso y el desarrollo, con un gobierno que crea en su gente y que apueste todo por ella.  La ruta no es sencilla e implica vencer a una camarilla incrustada y sin escrúpulos.  La próxima parada es la Asamblea Nacional.  Allí debemos impulsar un cambio en la correlación de fuerzas que le devuelva las funciones a un parlamento que no legisla y que se muestra subalterno al Ejecutivo, que es apenas una pantomima que nada hace por brindar respuesta a los problemas del país.  Traduciendo el descontento mayoritario de la calle en una mayoría clara en la Asamblea, podremos poner fin a la burla e impulsar los cambios que requiere Venezuela.
@danielfermin

jueves, 30 de octubre de 2014

El Estado secuestrado (Publicado en Tal Cual y RunRunes)

El Estado venezolano se parece muy poco al perfil que le dibuja la Constitución.  Como si se tratase de una oferta engañosa en los clasificados de inmuebles y automóviles o en los sitios web para encontrar parejas, el Estado se vende de una manera y resulta de otra, radicalmente distinta y, hay que decirlo, inferior.

¿Qué dice la Constitución? Desde su adornado Preámbulo, el librito azul habla de un “Estado de Justicia, federal y descentralizado, que consolide los valores de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común…”.  El Artículo 2 describe un “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”, cuyos valores fundamentales son “la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y… la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político”.

El siguiente, el Artículo 3, define los fines esenciales del Estado como “la defensa y el desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad, el ejercicio democrático de la voluntad popular, la construcción de una sociedad justa y amante de la paz, la promoción de la prosperidad y bienestar del pueblo y la garantía del cumplimiento de los principios, derechos y deberes reconocidos y consagrados en esta Constitución”.  90-60-90.  Como nuevo.

¿Para qué sirve hoy el Estado? Lejos de ceñirse a los preceptos constitucionales, el Estado y sus instituciones están secuestrados por las agendas personales y partidistas.  Lo que hay es un Estado para la acumulación y conservación de los privilegios, para la corrupción, el peculado de uso y los negocios.  La privatización del Estado como mina personal, como hacienda de camarillas, para explotarla de la manera más voraz y veloz posible, mientras dure.

Existe un Estado captivo del clientelismo en su forma más clásica.  Se trata de acceder al poder para engordar la nómina oficial con los amigos y la familia, para “ayudar” a los colaboradores.  Es llegar para darle una trinchera financiera al partido, es la cuota, el diezmo para agradecer y, sobre todo, para que nunca olviden los funcionarios que están allí que se deben a un partido y que nada tienen que ver las propuestas y cualidades personales de quien llegó a un cargo que fácilmente podía haber ocupado otro.  Ese es el dogma.

Tenemos un Estado para la persecución, para la revancha y para sacarse espinas.  Para ello montan gobiernos paralelos que superan en presupuesto a los electos por voluntad popular, usan los órganos legislativos para amenazar, chantajear, extorsionar.  Politizan la justicia, afilan la Contraloría como arma.  Utilizan las instituciones fiscales como policía política y los medios oficiales como tribunal.

Hay un Estado al servicio de la promoción personal, de la propaganda, de la pantallería.  Siempre pensando en el próximo paso, no de la política pública ni del modelo de administración, sino del personaje que ostenta el cargo.  Es la campaña permanente, legado indiscutible de Chávez.  El proselitismo sustituyó a la política.  ¿Cuándo trabajan? ¿Cuándo se encargan de todo lo que han prometido resolver si lo suyo es la perpetua propaganda?

Esta concepción del Estado es muy grave porque deja de lado lo realmente importante.  En nada sirve a los intereses de la ciudad, del país, a los problemas de la gente.  Nada hace para encarar los enormes desafíos que enfrentamos como Nación.

Asistimos al reemplazo del gobierno por la farándula política.  Por la más mínima nimiedad se hace un acto televisado y, muchas veces, encadenado.  Pintar una pared, barrer una calle, todo se convierte en parte del reality show cuya finalidad es exaltar la personalidad del hombre bueno que “no tiene asco de abrazar a uno los viejitos”, como reza una cuña, y por cuya gracia (“suya de él”, no del Estado que representa) la gente puede comer, leer, dormir, según sea el caso.

Este modelo de Estado es insostenible y nos desintegra como Nación.  Cada quien pendiente de su parcela, de acumular más y más.  Crece así lo sectario y lo faccionario frente a lo colectivo y lo compartido.  Lo que hace el gobierno nacional se reproduce aguas abajo y, así, el Estado todo adopta una dinámica esquizofrénica que hunde al país más y más en el pantano.

Los venezolanos comprometidos con el cambio debemos prestar atención a estos asuntos de manera urgente.  Si queremos que el cambio sea real, verdadero, que vaya más allá de las caras y los colores de camisa, hay que atender esta crisis y ponerle el cascabel al gato, aunque eso signifique parar, en el momento del disfrute, los privilegios y demás desviaciones de estar “en la buena”.

Tenemos que recuperar el foco de un Estado que ni es de justicia, ni es federal ni es descentralizado, que nada hace por la paz, que lesiona la libertad, que atenta contra el bien común y el derecho a la vida, al trabajo, a la cultura, a la educación, a la igualdad y la justicia social.  Un Estado contrario a la democracia, al ordenamiento jurídico, a los derechos humanos, la ética y el pluralismo político.  Un Estado que pisotea la dignidad humana, irrespeta la voluntad popular e incita a la violencia.  Un Estado antítesis de la prosperidad y del bienestar del pueblo.

Rescatar ese Estado secuestrado es una condición ineludible para la recuperación de la República y el avance del pueblo venezolano.

@danielfermin