martes, 17 de marzo de 2015

Venezuela en cuatro bloques (Publicado en Tal Cual y RunRunes)



Aguantando la respiración.  Así andamos los venezolanos en medio de una crisis generalizada que se caracteriza por el desborde de la inflación, el desabastecimiento y la escasez.  Que nada se rompa, que nada se dañe, que nadie se caiga (sobre la crisis del sector salud podríamos escribir bibliotecas enteras).  Hoy la precariedad y la vulnerabilidad son cruces que cargamos a cuestas los venezolanos comunes y corrientes.

Cualquier imprevisto es un golpe.  Los repuestos de automóviles no escapan, por supuesto, a esta realidad, y cualquier metida al taller implica no sólo la incertidumbre de una fecha de entrega sujeta a la intercesión de santos patronos de repuestos inencontrables, sino la del precio final de unos productos que, precisamente por ser escasos, cuando aparecen son incomprables.  Para el que trabaja con su carro, o el que gracias a su carro puede trabajar en puntos apartados de la ciudad, una falla mecánica puede ser la diferencia entre poder hacer mercado o no, entre comer o no.

Particularmente grave es el problema de los cauchos.  El “no hay”, consigna real, aunque no oficial, de la economía revolucionaria, también domina la actividad cauchera.  El drama para cualquier hijo de vecino comienza cuando se percata de que, caramba, a un caucho le falta aire.  Manejando con cautela, se acerca tempranito a la estación de servicio más cercana, donde le dicen que, qué va, a esa hora no hay aire porque no ha llegado el muchacho, venga más tarde.  Accidéntese en horario ejecutivo.

Si sigue a otra bomba, se percata de que existe un patrón.  A la tercera estación se rinde, en ninguna hay aire.  Estación de ¿servicio? Se estaciona y pasa las horas angustiado por un caucho que está ya casi en el piso.  Cuando sale, va, ahora con más cautela, a otra bomba, donde se da cuenta de que no es cuestión de horario ni de personal.  Las bombas de gasolina ya no tienen aire.  Hasta ese punto llegó el “no hay”.

Se dirige entonces a una cauchera.  En la primera, pareciera mamadera de gallo, ¡no tienen aire! Se dañó el compresor y, naturalmente, no hay repuestos.  Piensa en los puestos de trabajo, en un negocio abierto que no sabe bien cómo funciona sin aire, como panadería sin harina.  Afortunadamente, al lado hay otra cauchera.  Se estaciona, ya preocupado porque ni el caucho de repuesto puede colocar en lugar de este que se ha antojado de dañarse.  Recuerda que, precisamente, el de repuesto está allí porque estaba ya malo para rodar.  Cosas de nuestra vialidad urbana.

En esta cauchera corre con suerte.  Aire hay.  Lo que no hay son cauchos.  O, bueno, hay promoción de cauchos con rines, salen en 72 mil los cuatro, le dicen.  Pero cauchos, cauchos, así solos, no hay.  Sí, él tampoco lo entiende mucho.  Está convencido de que un arreglo así debe ser ilegal.  También sabe que no debe ser negocio para el dueño vender un caucho solo.  Recuerda la ira que le ha producido en el pasado aquel absurdo de que en las areperas no te vendan la popular “viuda”, la arepa sola, aunque la lógica debe ser la misma.  Ira con hambre, la del peor tipo.

Pone cara de poker, como si el precio no lo timbrara, como si fuera algo accesible, pagable en cómodas cuotas o con el ras de un tarjetazo.  Le da la propina al señor que, gentilmente, insufló vida al caucho malo y a otro que va por el mismo camino.  Y así va, ya más curtido a la hora de repetir la rutina, a más tardar en dos o tres días, cuando se vacíe el caucho que difícilmente puede ahora remplazar.

La odisea del caucho no es caso aislado.  Está bien documentado el porque.  El rubro no ha recibido dólares, por lo cual la producción de neumáticos cayó a la mitad este año.  De 21 mil 500 unidades que salían de Goodyear, Pirelli y Firestone, hoy no llegan a 11 mil entre las tres.  El ministro de Transporte Terrestre anuncia unas divisas para la importación a las que nunca se les ve la cara.  Paga, como siempre, la gente. 

No es caso aislado, decíamos.  Situaciones análogas hay con los alimentos, los medicamentos, los repuestos, los insumos médicos.  Es una crisis general, producto del fracaso de políticas económicas trucutú y de la incapacidad del gobierno para recibir las críticas y rectificar el camino.

Los ciudadanos, los que sufrimos la crisis, tenemos el poder de cambiar esto en nuestras manos.  Nos intentarán convencer de lo contrario, sembrando desesperanza, indignación y temor para que sintamos que no, que no hay nada que hacer.  Pero somos los venezolanos, los que sufrimos la odisea del caucho, de la farmacia, del mercado, de la violencia, día tras día, los que poseemos la oportunidad de manifestar nuestro deseo de cambio de manera clara y contundente este mismo año, en apenas pocos meses. 

Hablamos, por supuesto, de las elecciones a la Asamblea Nacional.  Allí tendremos todos los ciudadanos un escenario para decir “ya basta” a un régimen de abuso y corruptela que no supo, en dieciséis años, conducir el país.  En las elecciones parlamentarias, la participación activa de cada venezolano humillado, injuriado, angustiado, será clave para enderezar el rumbo.  Con el voto, cada venezolano que aguanta hoy la respiración en la más extrema de las vulnerabilidades podrá exhalar profundo, con la satisfacción de sumar a la causa de que esto cambie y castigar a la oligarquía malandra que mientras saquea los recursos del pueblo ha dejado a Venezuela en cuatro bloques.

@danielfermin

sábado, 7 de marzo de 2015

#CambioIndetenible EL VALLE



Conversando con los vecinos en el callejón Villa del Cármen de Barrio Nuevo, calle 1 de EL VALLE, tierra de Nicolás donde no lo quiere nadie, golpeada por la desidia, la violencia y el caos... Estamos construyendo el #‎Cambio de abajo hacia arriba, con mucha organización, amplitud y trabajo. Juntos vamos a salir de esta #‎CambioIndetenible

jueves, 26 de febrero de 2015

Polítika de calle #04: Orden de captura (Publicado en PolítiKa UCAB)

Orden de Captura Bozzone jpg

La semana pasada, Gustavo Moreno reflexionaba en el editorial de PolítiKa UCAB sobre “El talento preso”.  A propósito del primer año de la prisión arbitraria de Leopoldo López, el profesor Moreno nos advertía sobre una cárcel que va más allá de la que sufren López, Ceballos y nuestros estudiantes.  Es la prisión de todo un país, dentro y fuera de los calabozos, sometido por la delincuencia y el caos mientras aguarda la reconstrucción de la esperanza. Desde su tribuna, el editorial cierra con un llamado institucional a la libertad de los presos políticos y de la sociedad captiva del miedo y de la barbarie.
La publicación es de fecha 19 de febrero de 2015. Ese mismo día, más de un centenar de hombres fuertemente armados irrumpían en la oficina que comparten el diputado Richard Blanco y el Alcalde Metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma, en una operación comando que culminaría con la detención de este último.
El atropello por delante, no hubo orden de allanamiento. Tampoco se identificaron los funcionarios policiales, algunos de ellos portando pasamontañas.  Fue patente el uso desproporcionado de la fuerza pública para apresar a un civil desarmado que, aun así, fue golpeado en el trajín.  Estallaron la puerta con una mandarria y sometieron a los presentes. A las afueras del edificio, la policía efectuó disparos al aire. Toda una parafernalia de la persecución, el músculo del Estado policial luciéndose frente a la indefensión de la gente de a pie y los trabajadores del edificio, que fueron desalojados para abrirle paso a un brutal acto de abuso de poder.
Ya el terreno estaba abonado. Un linchamiento moral del alcalde en los medios oficiales se encargó de ir ablandando a la opinión pública de antemano.  Peculado de uso. Difamación. Sometimiento al escarnio público. Distintos nombres para una misma acción ilegal. La defensa del alcalde introduce también otro: contaminación ideológica de las pruebas. La idea del Ledezma golpista, “vampiro”, conspirador, desestabilizador, difundida ad nauseam a través de la hegemonía mediática y comunicacional del Estado-gobierno-partido. Luego el zarpazo. A Ledezma se le acusa de conspiración, cuando el documento referido como “evidencia” en ninguna parte habla de pretender cambiar la forma republicana de gobierno ni de subvertir el orden democrático.
Más de siete horas estuvo incomunicado Antonio Ledezma.  Esa misma noche de su arresto, un grupo numeroso de caraqueños se congregó a las afueras del Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN) en Plaza Venezuela, para exigir información sobre el paradero del alcalde. En los sótanos del edificio se ha conocido recientemente sobre la existencia de “La Tumba”, espacios de retención diseñados para la tortura psicológica y física en pleno centro de la ciudad, en pleno Siglo XXI y en plena “democracia participativa”.
Fue hacia la madrugada que, finalmente, se supo que Ledezma no estaba allí sino que lo habían recluido en El Helicoide, conocido monumento revolucionario a la represión y la persecución política.
Las reacciones nacionales e internacionales no se hicieron esperar. La oposición cerró filas, haciendo gala de una Unidad que tantas veces sólo queda en el nombre.  A la consternación interna se sumó la preocupación profunda de la comunidad internacional.  Desde la OEA hasta la Internacional Socialista, pasando por Unasur, recorrieron el mundo las condenas, los llamados y, cuando poco, la preocupación.
También hubo esa otra reacción, la de los (pocos, hay que decirlo) partidarios de un Maduro encadenado que, eufóricos, celebraban el anuncio de la caída del “vampiro golpista” y coreaban, visiblemente emocionados, consignas invitando a otros personajes de la vida política y empresarial a la cárcel de Tocorón.  Preocupante, triste, alarmante.
La mañana siguiente reinaba la indignación. También la incertidumbre.  Las fuerzas democráticas convocaron a una manifestación en la Plaza Brión de Chacaíto que, luego de varias modificaciones, terminó siendo una rueda de prensa del diputado Richard Blanco, copartidario de Ledezma, en la que se dejó ver el espíritu de cuerpo de los partidos de la MUD y la firmeza de una oposición decidida a enfrentar el abuso y a no flaquear en la lucha por el rescate de la democracia.
En la Brión, entre pancartas caseras y muestras de apoyo de líderes políticos, partidos, periodistas, trabajadores de la Alcaldía y gente de a pie, conversamos con Carlos Blanco. Es un líder político de toda la vida en Caracas.  Ha sido concejal del municipio Libertador y concejal metropolitano. Hoy es miembro de la Dirección Nacional de Alianza Bravo Pueblo, el partido que fundó y preside Antonio Ledezma.
Carlos se muestra, como siempre, atento, cordial, decidido. Su talante no deja de lado la preocupación por la situación del Alcalde Metropolitano. Ledezma está preso por denunciar el fracaso del régimen. Considera que hay una anomia producto de la inoperancia del gobierno. Sobre las denuncias de conspiración, dice que hay un golpe inventado, producto de la imaginación del mismo presidente que “inventa una guerra económica y la pierde”. Para Carlos Blanco, pese a la represión, a la persecución, a las provocaciones y al atropello, el camino es claro: insistir en la vía democrática y electoral. El pueblo se cobrará todas las humillaciones y penurias producto del mal gobierno propinándole una derrota contundente al oficialismo en las próximas elecciones a la Asamblea Nacional.
Gabriel Domínguez es activista político y social. Chacho, como muchos lo conocen, es militante de Voluntad Popular y ha sido dirigente estudiantil en la UCV.  Hoy coordina el movimiento Impacientes de Venezuela, dedicado a las reivindicaciones en el sector salud, que ha sido tan golpeado por la crisis. Ronda los 30 años y es de opiniones fuertes. Que Ledezma esté preso forma parte de la misma película y fantasía a la que nos tiene acostumbrado el gobierno, nos dice.  En corto, está preso “porque les da la gana”. Los golpes de Estado los dan los militares, no los civiles, así que las acusaciones son puro cuento. Llama a replantear los escenarios, le preocupa que “nos cambiaron las reglas de juego” y la oposición debe, también, cambiar la estrategia.
No podía faltar en esta manifestación la presencia de Rafael Araujo, “el hombre del papagayo”.  Es de pocas palabras, sus cometas hablan por él.  Aun así, nos dice que la detención de Ledezma es una arbitrariedad y que a la oposición lo que le queda es ganar las elecciones.  Su papagayo de hoy está inspirado en “la metida de pata” del gobierno y reza, en tres líneas: “Dictador.  Acorralado. Cobarde”.
La vida ha llevado a Yajaira Castro de Forero al activismo político y la defensa de los Derechos Humanos. Vivió en carne propia el calvario de la prisión política cuando su esposo, el comisario Lázaro Forero, fue encarcelado a propósito de los sucesos del 11 de abril de 2002. Nos recuerda que el atropello no es nuevo y que  hubo más de 300 presos políticos durante la presidencia de Hugo Chávez. Por el 11 de abril quedan cinco policías presos aunque deberían recibir medidas sustitutivas de libertad.  Los comisarios que hoy tienen casa por cárcel recibieron medidas humanitarias, con la cruel condición de que, una vez que mejoren, deben volver a prisión.
Lo ocurrido con Ledezma es sumamente grave. Es el alcalde elegido por los caraqueños. En ese sentido, nos dice Yajaira, la afrenta no es contra una persona sino contra cientos de miles que votaron por él. Lo de Ledezma fue un secuestro, no una detención. Al ver la estrepitosa caída de su popularidad y de la credibilidad de su gobierno, Nicolás Maduro arremete contra los líderes democráticos.
Yajaira coincide con Gabriel: los únicos que dan golpes son los militares y los militares están con el gobierno.  El único golpe que hay es el que el gobierno le da todos los días al pueblo con su pésima gestión. Coincide también con Carlos Blanco: lo de la guerra económica ya no se lo cree nadie.
Yajaira es enfática en cuanto al rumbo de acción necesario. Debemos ser solidarios y la oposición debe ir a protestas pacíficas pero contundentes para que se sienta que hay un pueblo que está molesto, que no se puede seguir aguantando la situación actual. Hay, además, una oportunidad, en la forma de las elecciones de diputados a la Asamblea Nacional, para darle un parao al gobierno y establecer un muro de contención contra las violaciones a los derechos humanos.
La persecución ha sido una constante. Resultan acertados los diagnósticos de Yajaira de Forero y Carlos Blanco: ante un gobierno que perdió la calle, que perdió al pueblo, arrecia la represión. También es acertado el de Gabriel: el juego cambió, y la escalada represiva del gobierno ocurre, más allá de los expedientes montados para cada caso, “porque les da la gana”.
¿Hacia dónde apunta esto en pleno año electoral? Preocupan declaraciones del presidente que asoman la ilegalización de la oposición política. No estaba fría la noticia de Ledezma cuando grupos irregulares, primero, y fuerzas policiales, después, tomaban una sede del partido COPEI en Caracas. En el portal Aporrea se promueve abiertamente la suspensión de las elecciones a causa de una “etapa dulce” de un supuesto golpe. Los diputados oficialistas introducen demandas para allanar la inmunidad parlamentaria del diputado Julio Borges, acusándolo también de golpista, tal vez para la gente crea que, aun ganando, desde la Asamblea tampoco se puede lograr nada.
Al momento de escribir estas líneas el país llora la muerte de un niño de 14 años a manos de la policía en una manifestación. Hace nada advertíamos de los peligros de la Resolución 8610 del Ministerio de la Defensa, que promueve el uso de la fuerza mortal en las protestas. Por otra parte, además, el país se entera de la destitución absolutamente arbitraria de la alcaldesa de Guasdualito en el estado Apure. De nuevo el miedo, la desesperanza, jugar a que la gente que sufre las penurias del día a día piense que, ni modo, no hay nada qué hacer.
El gobierno sabe que no puede ganar las elecciones.  Los estudios de opinión ubican la popularidad de Maduro alrededor del 20%.  Por esto persiguen, tensan la cuerda, se lanzan al abismo de la barbarie.  Que intenten suspender las elecciones, y con ellas el juego democrático, no es de extrañar.  Lo que ya no pueden lograr por la vía popular, intentarán ahora acometerlo por la vía del miedo, de la inhibición, de la desesperanza y de la militarada.
Un gobierno en una coyuntura como la actual tendría, al menos, dos opciones: abrirse para negociar la salida a la crisis y su permanencia en el escenario político o cerrarse del todo para intentar mantenerse en el poder. El chavismo, históricamente impermeable al reclamo y a la crítica, apuesta hoy por la segunda.  Su prioridad, lejos de intentar resolver la profunda debacle política, económica y social que atraviesa el país, es aferrarse al poder y a los privilegios que de este se desprenden.  Han pasado el punto de no retorno.
La necesidad del cambio está instalada como idea. Es el mayor anhelo de los venezolanos. No hay cárcel pa’ tanta gente, podríamos decir ante los millones de ciudadanos que hoy desean un país distinto e infinitamente mejor al que ofrece el gobierno de turno.
¿Qué nos queda a los venezolanos? Insistir en la consolidación de una Unidad Nacional que vaya más allá de la unidad de partidos de oposición, para dar organicidad al descontento, ese que identifica a 80% de la población.  Nos queda la protesta, para demostrar que el miedo no nos guardará en las casas.  Y, por supuesto, nos queda el poder del voto. A este debemos cuidarlo y potenciarlo como herramienta para el cambio y remedio contra la desesperanza.
Insistirán en que la gente piense que no hay nada que hacer.  ¡Pero sí lo hay!  Con la unidad amplia y la organización del descontento, con la protesta y el voto el pueblo puede recordarle a un gobierno que se lanzó por el camino del terror quién es el soberano. Esa es la ruta: tortuosa, llena de obstáculos y barreras, pero con un final que bien valdrá la pena: la salida de la crisis, la recuperación de las libertades democráticas, la reconstrucción de la institucionalidad, el saneamiento de lo público y la restitución de la esperanza, de la creencia que un futuro mejor es posible en esta tierra de gracia.  Mientras tanto, para todo el que piense distinto y se atreva a disentir en Venezuela hay orden de captura… o peor.
@danielfermin


viernes, 20 de febrero de 2015

¡Libertad!


Hoy acompañamos el reclamo y la indignación de todos los demócratas por la detención arbitraria del alcalde Antonio Ledezma. No hay calabozo donde quepamos todos los venezolanos que queremos el #CAMBIO y la democracia ¡LIBERTAD!

































miércoles, 11 de febrero de 2015

¿La hora de los partidos? (Publicado en RunRunes)

¿Se agotó el modelo de partidos? A muchos les gustaría hincarle el diente a esta pregunta.  Unos, sin duda, para legitimar la cruzada antipartidos y antipolítica.  Otros, para defender los intereses de sus organizaciones, presentándolas como insustituibles y fundamentales para el desarrollo del país.  Estos últimos dirán, como ya es lugar común, que “sin partidos no hay democracia”.

Creo en los partidos políticos.  Milito en uno y por tres generaciones mi familia ha militado, como lo han hecho millones de venezolanos, en partidos organizados.  Creer en los partidos es hacer causa común por lo público y lo colectivo.  Creer en los partidos es también preocuparse por sus crisis y pasarse por preguntas como la que abrió estas líneas.

Para nadie es un secreto que los partidos no son los grupos más queridos de la sociedad.  Los del gobierno se desmoronan en la medida en que, además de la popularidad del gobierno, se derrumba la maquinaria clientelar que los hizo posibles.  Los de la oposición no parecen capitalizar por completo el creciente descontento.  Mientras 80% de las personas se declaran inconformes, los simpatizantes de las toldas políticas de la MUD no pasan del 20%.

De modo que existe un país en el medio, expectante, renuente a depositar su confianza en los partidos.  Por supuesto, en esto influye el descrédito de la actividad política, tenida por muchos como una suerte de lepra social a la cual no conviene ni acercarse y espantada con ese mantra necio de “yo no me meto en política, si no trabajo no como” que vaya usted a saber quién inventó.  Pero hay otras razones, endógenas al sistema de partidos y a los partidos mismos, que vale la pena analizar a la hora de ver por qué, pareciera, que se ha apagado la luz de los partidos como herramienta de participación, representación y transformación social.

Una sobre simplificación de los planteamientos de Duverger, Sartori y otros autores nos dice que los partidos se organizan con tres fines u objetivos: la conquista y ejercicio del poder; la formación de la voluntad política del pueblo; y la intermediación entre el sistema social y el sistema político.  Por otra parte, a los partidos se les imprimen, también, tres capacidades: la electoral, en la que presentan candidatos, hacen campaña, buscan y cuidan votos; la gubernamental, en la que presentan equipos, ideas y programas; y la innovadora, en la que los partidos ofrecen gente nueva e ideas nuevas.

Una radiografía de los fines y de las capacidades de los partidos es un buen punto de partida para analizar su situación.  Comenzando por los fines, lo primero que se ve es una hipertrofia del primer punto, en detrimento de los dos restantes.  Es decir, pareciera que la conquista y ejercicio del poder (esencial para cualquier partido, no son las Carmelitas Descalzas) concentra la atención de nuestras organizaciones, dejando de lado, sin embargo, lo relativo a la formación de voluntad política y, sobre todo, lesionando la capacidad de los partidos para convertirse en intermediarios válidos de la sociedad.  Esto no puede ser desestimado.  Si la gente no se está identificando con los partidos, nuestra apuesta es que tiene bastante que ver con esto último.

Si observamos las capacidades, se ve un plano similar.  Los partidos han amaestrado el tema electoral, imposible no hacerlo en un país que lleva a cabo elecciones todos los años.  Por eso, son expertos buscando y cuidando votos, presentando candidatos, haciendo campaña.  En eso, están en su salsa.  Los déficit vienen en la capacidad para ejercer el gobierno una vez ganadas las elecciones y en la capacidad de innovar. 

Vamos por partes.  Decir que los partidos no están desarrollando plenamente sus capacidades en el gobierno tiene que ver con las perversiones del sistema en los tiempos que corren.  En general, salvo partidos y funcionarios que se empeñan en nadar contra la corriente, lo que vemos son partidos sirviéndose del poder y utilizando el poder para garantizar, en los términos más ordinarios, su subsistencia.  Sincerar las cosas y volver al financiamiento público de la política sería un paso en la dirección correcta para que los partidos devuelvan la mirada hacia la gestión como prioridad, una vez en el gobierno. 

En cuanto a la capacidad de innovación, basta pasar revista.  No se trata de “caras nuevas”, por el mero hecho de cambiar a Pedro por Juan o a María por Petra, sino, más que todo, de las “ideas nuevas”.  ¿Dónde está la cosmovisión política de los partidos? ¿Qué le dicen al país de cara a los retos de hoy y mañana? No hablamos de un choricero de políticas públicas ni de proyectos de leyes, sino del proyecto país de nuestras organizaciones, de eso que algunos, despectivamente, llaman “filosofía”, por no decir otra cosa.  De nuevo, esto también es fundamental para pasar de franquicias electorales a la construcción de partidos fuertes, con identidad arraigada y colectiva, que sean participativos, modernos y encarnen un sueño compartido de país, algo por lo que valga la pena involucrarse, arriesgarse y luchar.

Puede que sea lugar común, pero también es verdad: “no hay democracia sin partidos”.  La aparición de los partidos políticos representó un avance gigantesco en una sociedad acostumbrada a la cachucha, la bota y el fusil.  De su mano, Venezuela inició su período de mayor desarrollo y modernización.  También de mayor justicia y avance social.  Los partidos vinieron a relevar al personalismo, aunque tengamos, en la actualidad, el contrasentido de algunos partidos que son esencialmente personalistas.  Hoy, la realidad signa cantidad de desafíos para los partidos, que deben adaptarse a los cambios y encontrar nuevas maneras de interpretar a unas sociedades caracterizadas por la emergencia de nuevas formas de organización social, de comunicación y de distintas expectativas sociales e individuales.  El partido entendido como club de amigos, corporación de intereses económicos, plataforma personalista o leviatán del clientelismo, no es el que va a abrirle finalmente las puertas del Siglo XXI a Venezuela.

En nuestros partidos, en todos, abunda la gente honesta  y trabajadora.  Miles de personas llenas de mística, que se exponen a los peligros de una actividad malquerida y malagradecida con la esperanza de conducir a este barco tan golpeado por las tempestades del modelo político y económico a mejor puerto.  Con ellos es, también, la deuda.  Nadie desea más el cambio y el fortalecimiento de los partidos que ese pueblo que milita en sus bases.  Es su justo reclamo.

Partidos fuertes, sanos, populares, modernos, con visiones claras de cara al futuro son imprescindibles para la construcción del país que viene y la superación del lastre militarista-autoritario.  De que nuestros partidos asuman una profunda reflexión que los lleve a revisar sus cometidos y capacidades para alinearlas con lo que espera la sociedad dependerá la respuesta a la interrogante que hemos planteado como título de este artículo.  Sólo cuando ello se emprenda de manera seria y con el cuidado debido lograremos que la sociedad se sienta nuevamente interpretada por las organizaciones políticas y podremos decir plenamente, desde adentro y desde afuera, que es la hora de los partidos.

@danielfermin


jueves, 5 de febrero de 2015

Polítika de Calle #03: Lo político en la cola (Publicado en PolítiKa Ucab)

Lo advirtieron todos: productores, empresarios, trabajadores, académicos y, claro está, la oposición política.  El colapso de la economía venezolana no tomó por sorpresa a nadie. A pesar de que el diputado oficialista Jesús Faría excusara la grave crisis porque “nadie la vio venir”, se cansaron de advertirla.
El colapso y la crisis toman cuerpo, se hacen visibles, en la forma de la cola.  Esa, “la” cola, que se refiere y agrupa todas las colas: la de los alimentos, la de los medicamentos, la de los pañales, la de las baterías para el carro, la del gas.  Sin contar las otras colas, igual o más graves aunque menos en boga: la de lista de espera para una cama de hospital, para un quirófano o un tratamiento.
La oposición se muestra absolutamente monolítica a la hora de denunciar el origen y la culpa de este ahora cotidiano fenómeno: el fracaso del modelo socialista impulsado por Nicolás Maduro y su gobierno.  No es poca cosa, el veredicto unánime en una alianza política a la que se le ha hecho más y más difícil la cohesión y el consenso en el último año.
Desde el gobierno, las explicaciones son distintas y han ido variando.  Primero, negaron la existencia de las colas.  Luego, ante el peso de una realidad que está a la vista de todos, un ministro explicó que las personas hacían colas para cuidar sus alimentos, presuntamente del pulpo del capitalismo perverso.  Otro cambio en la caja de mensajes los llevó a denunciar que la oposición estaría infiltrando a extranjeros en las filas para desestabilizar al gobierno, en peligroso coqueteo con la xenofobia.  Finalmente, por ahora, encontraron la versión que engloba todas las anteriores e incluye otras más: la guerra económica.  Los empresarios esconden los alimentos del pueblo, ejecutan operación morrocoy para perpetuar la espera, conspiran contra el pueblo para desprestigiar a la revolución.
La gente de a pie vive y sufre la cola, independientemente del marco conceptual con el que la evalúe.  Sí, hay camaradas que, bajo el inclemente sol, exigen mano dura a los malvados intereses que declararon la guerra económica al pueblo.  Otros no van tan allá, pero hallan consuelo en la hipótesis según la cual, de gobernar la oposición, le entregarían los alimentos a unos cuantos y la cosa sería peor.  Sin embargo, la mayoría de la población pareciera estar clara en cuanto a que algo marcha mal desde el gobierno y que de allí la cola.  Por las colas se pasean la indignación, la tristeza, la angustia, el temor y la ansiedad.  También el conformismo y el temor al conformismo.  También la rabia y la violencia, y de vuelta al miedo.  Se pasea también el humor, sin que terminemos de comprender bien si es evasión o crítica, o si se trata del humor de los funerales, ese que busca en la risa un consuelo al cansancio y a las penas.
Para el gobierno, la cola encarna el reto de la supervivencia misma de la revolución.  Para la oposición, significa el terreno para generar conciencia y sumar el descontento orgánico hacia un movimiento organizado que desemboque en protestas de calle y victorias electorales.  Entonces lo político se hace presente, o nos percatamos de que siempre ha estado presente.  Lo político en la cola es todo, porque refiere a lo público, a lo colectivo, a un asunto que ha rebasado cualquier distinción de clase, de género, de filiación ideológica o distribución geográfica.
Entendiendo lo político en la cola, o la cola como asunto político, el gobierno refuerza su mensaje de la guerra económica y actúa acorde: militariza, inspecciona, fiscaliza, detiene, interviene.  La oposición, por su parte, ha buscado la manera de intervenir en la cola, con el sumo cuidado de transmitir apoyo y solidaridad y no quedar como buitres de la desgracia colectiva.  Es un juego delicado, pero que lo han llevado, pese a los contratiempos, con éxito.  Jóvenes y no tan jóvenes se han visto en las distintas filas, repartiendo vasos de agua a las personas que aguardan por un pollo, una bolsa de detergente o, probablemente, un “no hay”.  Los vasos llevan un mensaje tan simple como poderoso: en marcador, sin mayor diseño ni siglas partidistas, tres palabras: “podemos vivir mejor”, junto a otro que suena a imploración, esa que comparten tantos venezolanos en público y en privado: “no te acostumbres”.
Esta protesta creativa y pacífica agarró al gobierno fuera de base.  Voceros del PSUV denunciaron que “hijos de papá” intentaban desestabilizar, meter casquillo y generar violencia.  Un funcionario anunció la incorporación de voluntarios del partido de gobierno para mantener el orden en la cola.  Aparecieron los colectivos, marcando a la gente.  Los cuerpos de seguridad, con equipos antimotines, se hicieron presentes para resguardar el orden y levantar inteligencia.  Allí empezaron las detenciones.
Las primeras personas detenidas en la cola ni siquiera eran políticos, sino ciudadanos que, en el contexto del cuadro anímico que hemos descrito, se dieron a la tarea de tomar fotografías de los anaqueles vacíos para compartirlos, como denuncia, en las redes sociales.  La indignación creció y se disparó, más allá del gobierno, en todo sentido, hacia los dueños de los supermercados que “entregaban” a la gente y las personas que “no hacían nada”.  Luego le llegó el turno a los activistas.  Al acto inofensivo del vaso de agua y el mensaje por el cambio respondió la Guardia Nacional Bolivariana con cárcel.  Órdenes superiores.  Algunos salieron de inmediato o no pasaron de la “jaula”, ante la obvia ausencia de delito.  Otros tuvieron menos suerte y se encuentran en régimen de presentación.
En medio de este panorama, el Ministerio de la Defensa lanzó la resolución 008610, que autoriza el uso de armas mortales para el control de manifestaciones.  La reacción de la oposición, de nuevo unánime, fue de estupor y careo: no bajarían la cabeza y no se dejarían chantajear por la violencia y el miedo.  La resolución viola el artículo 68 de la Constitución y no tiene cabida en el marco internacional de los derechos humanos.  Desde el gobierno defendieron la decisión.  Un general se refirió al documento como “hermosísimo”, mientras que el Defensor del Pueblo intentó calmar los ánimos en su defensa al texto.
El cuadro represivo generó una respuesta clara de los factores adversos al gobierno.  Diputados de la MUD manifestaron que irían a las colas, tomarían fotos y llevarían el mensaje del cambio, investidos de su inmunidad parlamentaria, en un reto al gobierno.  Asimismo, durante la presentación de la Memoria y Cuenta del presidente ante la Asamblea Nacional, los diputados sostuvieron carteles con fotos de las colas, lo cual les valió la sanción, o amenaza de sanción, del presidente del parlamento.
Fue en este contexto que conversamos con tres dirigentes de base, líderes sociales y comunitarios que, atendiendo el llamado de los diputados, llevaron la protesta a la cola.  Es un desafío al gobierno pero, sobre todo, un empeño por acompañar a la gente en sus problemas y ofrecer una propuesta alternativa.
No llevan dos días en esto. Henry Antunez hace vida política en los sectores populares de la parroquia Santa Rosalía del municipio Libertador. Es cristiano practicante y reparte bendiciones en cada saludo. Por sus manos han pasado muchachos que ha iniciado en el baloncesto.  Ubica en la escasez generalizada el principal problema del país y señala que se debe a la mala política económica de un gobierno que toma decisiones de manera unilateral.
Mirleny Palacios es dirigente de la parroquia San Juan.  Habla con convicción y una claridad profunda. La inseguridad y la escasez son los mayores problemas de la gente y, en particular, esta última se debe a la falta de producción nacional y al marco jurídico.  Utiliza la palabra “maltrato” para referirse a la cola y concluye, tajante, que el modelo fracasó.
Ramón Beaumont lleva treinta años ejerciendo un liderazgo social en El Valle.  Volantea con furia y, lejos de inhibirse, se acerca a una patrulla de la Guardia Nacional Bolivariana para conversar con los soldados y repartirles, a ellos también, un volante que denuncia la escasez y propone un camino distinto.  La inseguridad, la basura, el alumbrado, el transporte son los problemas que afectan a todos por igual, pero la escasez afecta de manera particularmente fuerte a las personas.
Para Henry, Mirleny y Ramón la solución a la crisis pasa por abrir las puertas del cambio a través de la próxima elección de diputados a la Asamblea Nacional.  No es una recitación superficial de alguna línea política, sino la convicción que traen años de lucha política desde las bases, de que el cambio profundo que requiere el país sólo es posible a través de reformas, profundas también, al marco institucional y legal.  Lejos de la dádiva, del remedio rápido, de la receta demagógica o la solución mágica, apelan a valores enraizados en la reserva democrática nacional: la unión de todos los venezolanos, el respeto a la divergencia.  También comparten una exigencia: cambiar este modelo.  Ese es el mensaje que llevan, día a día, en la cola, en las comunidades, en la calle.
¿Guerra económica o modelo fracasado? Las advertencias no fueron en vano.  El modelo de controles, leyes restrictivas y amenaza constante muestra hoy sus frutos.  La distorsión cambiaria que hizo de importar una alternativa mucho mejor a producir, el hostigamiento a la gente de trabajo, las confiscaciones, la ficción del dólar oficial.  De aquellos polvos vienen estos lodos.
No hay rectificación. Todo lo contrario, hoy el gobierno evade toda responsabilidad de la crisis.  Culpa a los empresarios, a la oposición, al imperio.  Detienen a dueños de cadenas de farmacias y supermercados en el SEBIN, mudan las colas de las cadenas públicas a los sótanos para invisibilizarlas, engavetan en el BCV las cifras de una escasez que, en algunos productos, se sabe llega a 97%.  Y nos preguntamos: cuando eso pase, cuando esté preso el último gerente, tomada la última empresa, reprimida la última protesta y aplastado el último vasito plástico con el lema de “podemos vivir mejor”, cuando siga la crisis… ¿Entonces qué?
Bachaqueros, “coleros” profesionales, contrabandistas. Controles de compra por persona, por terminal de cédula.  Prohibir las colas de noche.  Nada de eso es.  Nada de eso existiera si hubiese suficiente oferta.  Pero hoy el aparato productivo está destruido. La solución a la crisis no vendrá barriéndola bajo la alfombra sino asumiéndola, rectificando y entendiendo que de esto que nos afecta a todos sólo podemos salir con el concurso de todos.
“¡Hasta cuándo la cola!” oímos frente a la estación de metro Miranda, junto a otro mensaje dirigido, no de los activistas a la cola, sino de la cola a los activistas: “¡No le tengan miedo al gobierno!”.  Es lo político de la cola, que engloba todo, entre ello el ansia de cambio de una gente que está cansada ya de pasar tanta necesidad sin que nada mejore.
@danielfermin