jueves, 22 de enero de 2015

Movimiento Estudiantil: lucha histórica por la transformación (Publicado en PolítiKa Ucab)

Es difícil imaginar la vida política nacional sin los estudiantes.  Desde que en 1928 desafiaran con su ingenio, valentía y creatividad a la dictadura gomecista, los estudiantes han ocupado una tribuna importante en el tablero político.  Betancourt, Villalba, Caldera y tantos hombres y mujeres que cambiaron el rumbo de una nación abriendo las puertas a la democracia, dieron sus primeros pasos políticos en la universidad. 

No es sólo historia remota, basta con pasar revista al liderazgo actual: A ambos lados del pasillo polarizado se encuentran ministros, diputados, alcaldes y jefes de partidos políticos provenientes del movimiento estudiantil de las últimas dos décadas.  También hay casos menos afortunados: en las filas de exiliados y presos políticos también figuran líderes estudiantiles.

A 10 días de sus elecciones recorrimos la Universidad Central de Venezuela para conversar con sus interlocutores sobre el rol del movimiento estudiantil y los retos de la universidad de cara al futuro.  La ciudad universitaria no vive su mejor momento, hay que decirlo, y contrastan los esfuerzos por restaurar su inigualable patrimonio artístico y cultural con el deterioro general de sus instalaciones.  La UCV se encuentra en pleno corazón de la ciudad y su comunidad lleva con honra y orgullo el legado de la primera casa de estudios del país.  Es una universidad “de verdad”, con laboratorios, talleres, grupos organizados de toda índole y vida propia que no se limita al horario de clases.

La campaña electoral comienza en cuatro días, pero ya es obvio el ambiente: algunos juegan posición adelantada, colocando pancartas fuera del lapso (“eso es impugnable”, nos dicen desde una plancha contraria), otros realizan recorridos, exhibiciones, visitas salón por salón.  Todos están agotados, llevan días sin dormir y se les refleja en el rostro y en voces que están a punto de quedar afónicas.  En la UCV se toman la actividad política en serio, no están eligiendo al semanero y lo saben.

Subrayamos la palabra “actividad”.  Se planifican conciertos y foros, se diseñan telas, se cuadran transportes para movilizarse hacia las sedes del interior, se reservan espacios para la propaganda, se buscan megáfonos, se hacen y deshacen alianzas.  Se siente la presencia de los partidos, bien sea por el vínculo directo con los estudiantes o por el rechazo de otros aspirantes que la denuncian como intervención.  No hay unidad.  Ese concepto extramuros que ha dominado la política nacional en tiempos de polarización no aplica en un contexto donde el oficialismo tiene muy pocas oportunidades de ganar.  Aun así, los estudiantes echan el cuento usando las mismas categorías:  “Hay cuatro de oposición”, cuentan.  No lo ven como un “mal ejemplo” para el resto del país, que este año asume el desafío de unas elecciones parlamentarias en medio de una durísima crisis nacional.  Tampoco pensamos que lo es.  Se trata de la administración de una realidad distinta en un contexto complejo.  No es MUD vs. Polo Patriótico, si bien existen fuerzas afines a ambas tendencias.  Tampoco es “La Salida” vs. el diálogo, o como quiera llamársele.  Las alianzas responden a otros criterios, propios de la universidad, y en las mismas propuestas se mezclan voces y caras pertenecientes a partidos y organizaciones que, en el plano nacional, se suponen encontradas.  En un momento se pensó que Sairam Rivas, detenida durante 132 días en el SEBIN a raíz de los sucesos de febrero del año pasado, sería la candidata “salidista”.  Hoy es una entre varias opciones y no falta quien sugiera que, después de tanto sacrificio, “la dejaron sola”.

Entre la diversidad sobresalen los consensos en cuanto al rol del movimiento estudiantil.  Sí, los dirigentes universitarios deben volver la mirada un poco más hacia la universidad, pero sin ignorar los problemas del país.  Es una visión madura, ajena a los “blanco o negro” y a los “todo o nada”. 

Con el alboroto de las guacamayas de fondo conversamos con Hasler Iglesias.  Es estudiante de ingeniería y candidato a la presidencia de la Federación de Centros Universitarios por Viva la U.  Nos habla del rol histórico del movimiento estudiantil, del acompañamiento a las luchas de la sociedad y la participación en las transformaciones sociales que requiere Venezuela.  Su compañero de fórmula y candidato a presidente adjunto, Jorge Márquez Gaspar, es estudiante de economía y se enfoca en la universidad como instrumento para el país posible y para la renovación.  Joely Hernández, candidata al Consejo de Escuela de Estudios Políticos y Administrativos por Impulso 10, concuerda: al movimiento estudiantil le corresponde poner orden en casa, pero también contribuir a la solución de los problemas y a unificar a la ciudadanía.  Pedro Miguel Rojas, candidato a presidente de la EPA, también por Impulso 10, va en la misma línea: un movimiento estudiantil acorde a la realidad del país, cuya meta histórica es lograr una Venezuela incluyente.

Los retos de la Universidad como institución también son materia de consenso: defender la autonomía, lograr un presupuesto justo, renovar las autoridades, superar las deficiencias, elevar la calidad académica, empujar la renovación, formar ciudadanía y generación de relevo, defender al país.  Hay un sentido de urgencia, de la mano con una sensación de asedio desde un gobierno nacional que pareciera ver en las universidades (y en los universitarios) un enemigo.

Fuera de la UCV compartimos con Daniel Yabrudy.  Viene de ser Presidente de la Federación de Centros de Estudiantes de la Universidad Simón Bolívar y protagonista de primera línea de las protestas que iniciaron el Día del Estudiante del año pasado.  Es estudiante de arquitectura, afable y sencillo, amante del hip hop y la cultura de calle.  No encaja en el prototipo de politiquero acartonado o calculador.  Aún se le recuerda sobre un camión-tarima dirigiéndose a la multitud congregada con la fiel esperanza de un cambio.  Daniel confirma que lo que se respira en la UCV va más allá de la ciudad universitaria.  El movimiento estudiantil lo concibe como una agrupación de corte social, enfocado en la lucha reivindicativa.  El valor de esa lucha la extiende, más allá de los estudiantes, a todos los jóvenes y a su capacidad de alzar la voz y de entusiasmar y motivar con su presencia en la calle.

Frente a la amenaza del gobierno, defiende la autonomía.  Ve a la universidad como un centro donde se generan soluciones para el país, regido por la calidad y la excelencia.  Reivindica también la Universidad como centro de discusión política y para la transformación de la sociedad.  No le da caspa admitir y celebrar la participación de los partidos políticos en lo universitario y, mejor dicho, plantea que hay estudiantes que pertenecen a los partidos políticos.  Es una mejor manera que la abstracción de decir que los partidos “se meten” en la universidad, como si se tratase de una invasión ajena.

Hacia el oeste se respira también el despertar de los estudiantes.  En nuestra UCAB reaparecieron las manos blancas en afiches y pintas, acompañadas de mensajes alusivos al cambio y a la protesta.  En el Aula Magna se han dado ya asambleas para trazar objetivos y rutas.  Al otro extremo, al “este del este”, la Unimet muestra el mismo movimiento.

“El movimiento estudiantil va a seguir dándole la cara al país y va a seguir estando en pie de lucha para lo que necesite la sociedad venezolana”, nos dice decidida Joely.  Y de eso se trata.  En un momento de agudísima crisis, nadie puede ceder al chantaje del ensimismamiento.  Se ha pronunciado la Iglesia, duramente, con críticas al modelo socialista.  Lo mismo los empresarios, los trabajadores, la academia, los pocos productores que quedan.  Hoy este movimiento, “los chamos”, como se les dice en la calle, se colocan al frente del reclamo popular.  Quieren un futuro mejor, no “para nuestros hijos”, como reza el lugar común, sino para ellos y para todos los venezolanos.  Y estos jóvenes en particular, los que decidieron hacer política, en medio de amigos y familiares que se van del país y de una represión sin cuartel que ya asoma el gobierno a escasos días del aniversario de un dolorosísimo 12 de febrero, tienen el talante para luchar por él. 

Al momento de terminar estas líneas, Daniel Yabrudy había sido detenido junto a tres líderes estudiantiles y juveniles por la Guardia Nacional Bolivariana en una cola del Bicentenario de Los Símbolos.  Se encontraba asistiendo a las personas, brindándoles un vaso de agua con un mensaje de cambio y esperanza: “No te acostumbres, podemos vivir mejor”.  La intención de llevarlos al SEBIN no se concretó dada la respuesta rápida de sus compañeros de causa y el hecho de que, por ahora, hablar de esperanza en una cola no es delito ni el agua es considerada un arma de guerra.  Ya libre,  manifestó su voluntad incólume de seguir luchando: “Si por decir en una cola que PODEMOS VIVIR MEJOR nos quieren meter presos, salgamos a decirlo en cada cola a ver si nos meten presos a TODOS”, tuiteó. 


Ese es el espíritu de la dirigencia estudiantil: solidario en las penurias, audaz en el reclamo,  rebelde en la acción, inconforme con el presente y ambicioso en las expectativas.  No se callan ante la situación que vive el país y han aprendido las lecciones de años anteriores.  El movimiento estudiantil va de nuevo a la calle, le pertenece, comprometidos con la paz y la lucha histórica por la transformación de Venezuela.



@danielfermin

martes, 20 de enero de 2015

La muletilla cultural (Publicado en Tal Cual y RunRunes)




¿Por qué estamos como estamos? Los venezolanos pareciéramos estar obsesionados con responder esta pregunta.  Hay en nosotros, como pueblo, una profunda preocupación por comprender lo que nos pasa y, más específicamente, por encontrar motivos, razones o culpables a nuestras penurias.  En esto, el sospechoso habitual termina siendo, en muchísimas oportunidades, la cultura.

Unos dicen que somos así porque a esta tierra de gracia llegaron unos españoles vagabundos en búsqueda de riqueza, en contraste con los nobilísimos hombres de familia que llegaban al norte desde Inglaterra.  Otros hablan de un rancho que tiene la gente en la cabeza.  Unos más proponen que este clima tan plácido nos tiene a todos pasmados y hace imposible la planificación del trabajo.  No falta quien arguya que es la cercanía al mar la que nos pone en un estado contemplativo que nos lleva al chinchorro en vez de a la fábrica.  Todos estos son mitos, por supuesto, pero que refuerzan la idea de una raza impura, mal hecha, con defectos de fábrica imposibles de superar.

Ante los hechos recientes de un 2015 que arranca en la cola, sin productos, con un régimen que va ya desnudo en su incompetencia y espíritu represivo, se multiplican las preguntas. “¿Por qué estamos como estamos?”, y vuelve con fuerza la muletilla cultural: somos como animales, capaces de caernos a golpes por una bolsa de detergente; la gente haciendo su cola feliz y no pasa nada.  Culpa de los españoles sinvergüenzas que vinieron acá buscando oro, no como los distinguidos gentlemen que fueron a echar raíces con sus familias por allá arriba, donde se vive bien.

Desde este espacio quiero denunciar ese determinismo cultural como una peligrosísima estafa.  Aterra la muletilla de la cultura, entre otras cosas, porque conduce al fatalismo.  Ese fatalismo ha sido el sustento sociológico que alimenta tesis como la de la tutela militar, aún vivita y coleando, y la de un Estado que trata a sus ciudadanos como niños.  Por eso, porque esta gente fue hecha de barro piche, porque “el problema de esta tierra tan bella es esa gente tan fea”, se necesita un hombre fuerte, el gendarme necesario, que ponga en cintura a un pueblo que sólo sabe de bochinche.  Por eso, porque es una muchedumbre inmadura que no sabe pensar por sí misma, no se vende caña los domingos, no vaya a ser que lleguen borrachos al trabajo el lunes o ni se molesten en llegar.  Mas aún, por eso lo importante se decide a puerta cerrada, en petit comité, entre la rosquita ilustrada que, aún no sabemos cómo, sorteó el defecto de fábrica caribeño.

Sin duda la cultura tiene un peso en la vida social, eso es innegable.  Los venezolanos somos distintos a los noruegos, tanto como los bolivianos a los canadienses o los surafricanos a los argentinos.  Lo cultural es importantísimo para comprender a los pueblos.  Sin embargo, el determinismo cultural deforma y pervierte la realidad, el contexto y la historia.  Ver a través de esos lentes da una visión borrosa e inexacta.  Como pasa cuando se camina con lentes equivocados, andar con esos cristales puede ser bastante peligroso.
Una mejor explicación a nuestro problema, sin duda más aburrida que la del mito cultural, se encuentra en lo institucional.  El acelerado debilitamiento de la institucionalidad en los últimos 20 años ha dejado a la gente de su cuenta, y los resultados están a la vista.  No hay un marco estable de reglas claras: lo que valía ayer no vale hoy y lo cambiarán mañana.  Mucho menos esas reglas aplican para todos por igual.  Quizás por eso los venezolanos sabemos que es muy distinto lo que dice el letrero, lo que indica el papel, a cómo son en verdad las cosas.  Es el estacionamiento donde, dirigidos por el parquero, se paran todos los días los vehículos bajo el cartel de “no estacione aquí”; son los cerros de bolsas apiladas en la pared del “prohibido botar basura en este lugar”.  Valga la caricatura para ilustrar que nuestra incertidumbre, nuestra permanente manía de volver a empezar de cero, nuestro acostumbrado caos y las crisis que vivimos suelen tener mucho más que ver con una institucionalidad maltrecha que con la procedencia de nuestros tátara abuelos.

La gente no se cae a golpes en la cola porque aquí no hay invierno.  Lo hace ante un desespero profundo, producto de la política equivocada y criminal de un gobierno pésimo y corrompido.  Nos comemos la luz porque podemos, igual que el malandro roba o mata porque puede, porque sabe que nada va a pasar, que las instituciones encargadas (policía, Fiscalía, tribunales, prisiones) no andan pendientes de sus fechorías.  Olvídense de la severidad del castigo si no hay siquiera certeza del castigo.  Eso no es cultural, no es una gente que “no tiene remedio”, es un grave déficit institucional por acción y omisión de este pasticho Estado-gobierno-partido que ostenta el poder.  No, la culpa de la cola, de la violencia, de la crisis económica no es de nuestros antepasados ni, como dice la autoflagelación popular, “de uno mismo” ni de una gente “mala” que acapara, especula y raspa cupos, sino del gobierno y de las personas, con nombre y apellido, que están al frente de su pésima conducción.

Fortalecer las instituciones con reglas claras y para todos es un mejor remedio que la muletilla cultural para muchos de los males que nos aquejan: el personalismo, la corrupción, el caos, la impunidad, la anomia, la pérdida dl vínculo social.  Enterrar el mito de una cultura que nos condena a vivir mal nos permitirá avanzar hacia la comprensión real de nuestro problema y, en consecuencia, hacia la superación de prejuicios y la construcción de una realidad distinta, donde podamos progresar sin importar si en estas tierras hace frío o calor.

@danielfermin

viernes, 19 de diciembre de 2014

Difícil Navidad (Publicado en Tal Cual y RunRunes)

No podía ser de otra manera. Las navidades de 2014 se parecen al resto del año. Son consecuencia de esos meses precedentes, testigos de la peor crisis de la historia reciente. Es más que un mal momento, se trata del colapso de un modelo insostenible, de la mano de un gobierno incapaz que no sabe ni puede ponerle ya coto a la situación.

Diciembre suele traerle a la gente un respiro. Por unos cuantos días, pareciera declararse una tregua a las tribulaciones del día a día, para disfrutar en familia momentos de reencuentro, reflexión y alegría. Este diciembre ha sido muy difícil para los venezolanos y el respiro ha sido corto, accidentado, ansioso. Los problemas parecen no acatar ningún cese al fuego y, todo lo contrario, se acentúan, manifestándose en la escasez, los desorbitados precios y el plomo que lleva en el ala la calidad de vida.
Mientras tanto, el gobierno intenta responder con una normalidad impuesta. “Navidades felices”, declararon en noviembre. Caravanas de vehículos oficiales desfilan, cual carrozas, con militares a bordo y funcionarios públicos por las autopistas, portando pancartas con la imagen de Maduro al son de unas gaitas pro gobierno que, en su inmensa contradicción, resuenan de gigantescas cornetas. Pero el deslave sigue. El de menos es el de la popularidad del gobierno, sólo producto del que de verdad golpea contundentemente al pueblo, que es el deslave del país.
Las Navidades penden de un hilo, no por la agenda política ni por alguna supuesta desestabilización, sino porque la situación del país ha colocado a la gente en un estado de extrema vulnerabilidad. El Niño Jesús requiere de un esfuerzo titánico, que puede esfumarse al primer imprevisto. Que no se dañe la nevera, que no se espiche un caucho ni haya que meter el carrito al taller. Que no se caiga el muchacho ni se enferme la abuela. Las familias pasan esta temporada aguantando la respiración, con el sumo cuidado de no caerse, de no romper, dañar, perturbar una realidad que es tan frágil como lo es insoportable.
Es muy duro vivir así. Los excedentes de la bonanza petrolera deberían paliar, desde el gobierno, las penurias de hoy, pero esa plata se la robaron, la derrocharon, la regalaron. Hoy el gobierno, detrás de la gaita autoindulgente y la felicidad decretada, declama un “¿Y qué quieres tú que yo haga?” que retumba en el estómago del hambriento y en las lágrimas de la víctima de la violencia, en la bilis del que no consiguió medicinas y en la sangre hirviente del que encontró al final de la cola un “no hay”.
Diciembre es sólo un corolario de la realidad que se vive día a día, de la lucha permanente que es vivir en revolución. La plata que no alcanza para nada, la gente que no tiene ni para comer. Frente a esa realidad y frente a ese pueblo que pasa las más abyectas necesidades por culpa del mal gobierno, debemos ofrecer un camino distinto y mejor, una alternativa real que brinde oportunidades de progreso para todos. Allí la responsabilidad de todos los que somos dolientes de lo público, de lo colectivo. Que este pueblo noble no sufra, nunca más, los embates de una Navidad tan difícil como esta pasa por lograr el cambio político, profundo, real, que sólo es posible apelando a nuestra fibra unitaria, solidaria y venezolanista, sembrando una esperanza real y honrando la confianza de quienes, cansados de vivir así, imploran por una opción que haga posible el avance de todos y la próspera felicidad que nuestra gente merece.
@danielfermin

viernes, 12 de diciembre de 2014

La urgencia del cambio (Publicado en Polítika Ucab)

A manera de prolegómeno
La política es, ante todo, una actividad.  Es dinámica, social, humana.  Independientemente de si se le considere como la manera civilizada de conciliar los conflictos y las diferencias en una sociedad, o de si se le tome como la guerra por otros medios; de que se base en procurar la libertad o en garantizar la dominación, el hecho es que la política se mueve, respira, actúa.  En aras de la honestidad intelectual, debemos dejar constancia de nuestra predilección por una concepción de la política basada en la administración del disenso y la garantía de la pluralidad, en su cualidad civilizadora y en los valores que de ésta se desprenden.  Frente a la política, la guerra, la aniquilación del contrario, la barbarie.  Desde este espacio, que hoy estrenamos, queremos contribuir al análisis, a la comprensión y la difusión de lo político desde la actividad política, siempre en clave analítica y no proselitista.  Para ello nos adentraremos en su día a día, entablando contacto con sus interlocutores de base y recorriendo las realidades que se viven, como el nombre de esta columna lo indica, en la calle.
La urgencia del cambio
La ubicuidad de la crisis se ha vuelto un lugar común.  Que es la más grave de la historia reciente, que lo peor está por venir.  Todo eso es cierto.  Tras los fríos indicadores, tasas y estadísticas, en ningún lugar se percibe la crisis como en la calle.  En el mercado, en la farmacia. En ningún lugar se vive la crisis como en las comunidades.
Recientemente estuvimos en el barrio El Limón, ubicado en la carretera vieja Caracas-La Guaira.  Allí, de entrada, nos encontramos con la cola del gas y, más arriba, con la del Mercal.  Nos explica Arístides López, vecino del sector, la dinámica, que no duda en calificar como un viacrucis: antes el camión del gas pasaba, casa por casa, por la calle principal y la gente salía a comprar sus bombonas.  Listo.  Ahora los habitantes de El Limón deben madrugar cada sábado para hacer su cola, a ver si el camión llega.  Lo del Mercal es peor: cada lunes madrugan para anotarse en un cuaderno y recibir su número para comprar lo poco que llega… ¡el sábado siguiente!
Beatriz Castro es una dirigente social y comunitaria de toda la vida.  Más de cuarenta años de vida activa en defensa de su barrio la han llevado a militar en varias toldas políticas tan contrapuestas que pareciera una inconstancia.  Dicen que de blanco, rojo y amarillo han visto a Beatriz a través de los años.  Lejos de esa primera impresión, lo que hay es una coherencia profunda: su comunidad viene primero y quien se muestre comprometido a ayudarla ha tenido en ella, y en un grupo grande que la acompaña, todo el apoyo.  Beatriz habla con la autoridad moral de quien conoce, como nadie, su zona, sus problemas, sus potencialidades.  Nunca ha visto tanta desidia, el gobierno no llega mientras los servicios colapsan.  Deja claro su derecho a vivir con dignidad cuando arranca sus argumentos con un “sabemos que vivimos en un barrio pero…”.  Es clara y se expresa con una soltura articulada que sería la envidia de más de un alto dirigente político.  Si así está la comunidad, imagínese el país, razona.
Estamos de mal en peor, nos dice Margie Guzmán, cristiana evangélica y vecina del sector Vista Hermosa.  A diferencia de Beatriz, no es dirigente pero, al igual que ella, ve con preocupación la crisis que vivimos.  La delincuencia y las colas para comprar comida son los principales azotes a la calidad de vida.
En la medida en que nos adentramos a la comunidad, con el viaducto a lo lejos dibujando el paisaje, palpamos sus carencias y nos golpea la universalidad de sus necesidades.  Pareciera que todo el mundo tiene chikungunya, las manos hinchadas y lesiones de la piel dejan en evidencia que no se trata de alguna hipocondría comunitaria.  Visitamos una casa donde el jefe del hogar se recupera de tuberculosis y su esposa guarda reposo por hepatitis.  El recuerdo de la tragedia de 1999 sigue en pie, y debemos mover el carro más arriba a la primera señal de una llovizna tan ligera que no puede llamarse lluvia, pero que asusta como si fuese un vendaval.  Lo que baja por esa calle es un río cuando llueve, advierten.  No exageran.
Así se vive en la Venezuela de bloque y zinc al año dieciséis de la revolución bolivariana, tras la bonanza petrolera más grande y sostenida de nuestra historia.  Son miles de miles de millones que por el barrio no se ven.  Las calles son de hace 25 años, al igual que las escaleras y las pantallas atirantadas.  La “quinta” les ha dejado un Mercal que abre una vez a la semana y miles de esperanzas frustradas.
Sin duda es una oportunidad perdida que se malgastó engordando el Estado, multiplicando y atornillando con soldadura las relaciones clientelares y promoviendo el saqueo de la Nación, por acción u omisión, dando rienda suelta a la impunidad.  No es todo.  La violencia diezma a la juventud, se trituraron las oportunidades y se desmanteló la institucionalidad del país.  Vivimos en un estado grave de anomia, signado por la desconfianza y la pérdida de referentes sólidos.  El gobierno, y con él el Estado (y el partido, desdibujaron la línea), se hace impermeable a la crítica y al reclamo, huyen hacia delante con disparatadas teorías de conspiración, guerras económicas, sabotaje, mientras arrecia la represión, la persecución política y el chantaje a los beneficiarios de la asistencia estatal.  Las iniciativas de la comunidad organizada, múltiples y diversas, se encuentran con muros impenetrables si no sirven de manera exclusiva a la agenda oficial.  Paga el pueblo, cada vez más vulnerable y de su cuenta.
Los analistas advierten que no hemos tocado fondo.  Es difícil imaginar un año más duro que este para el día a día de la gente común.  Las encuestas ofrecen su fotografía.  La de Datanálisis retrata un descontento prácticamente unánime: 85,7% de la población concuerda con la señora Guzmán en que esto va mal.  Lejos de la desesperanza, hay un clamor popular.  Lo comparten Arístides, Beatriz, Margie.  Lo comparte Karina, estudiante de 20 años de comunicación social en la Universidad Santa María y habitante de El Limón: El cambio.
¿Qué entiende la gente por cambio?  Para la señora Guzmán se trata del cambio de nuestros gobernantes y por ello ora a Dios para tener mejores hombres y mujeres en la conducción de los asuntos públicos. Para Beatriz es el cambio profundo que permita que las cosas marchen bien, un cambio político que se traduzca en bienestar.  Para Karina ese cambio pasa por una nueva Asamblea Nacional.  Es dirigente juvenil de la oposición y en sus palabras se entrevén líneas políticas prefabricadas, sin que ello le reste un ápice de mérito ni convicción.  Pero para Arístides, quien a lo largo de nuestra conversación ha ubicado en el gobierno actual, como más de 72% de los venezolanos según Datanálisis, la culpa de la situación del país, el cambio es otra cosa más desmenuzada, más del día a día, un cambio chiquitico que le daría a su calidad de vida un merecido respiro.  Cuando le preguntamos qué hace falta para que esto cambie, responde instintivamente por lo que más le afecta: “que el Mercal abra todos los días y no sólo los días sábado”.  ¿Es menos válido que la imploración de Margie o el reclamo político de Beatriz? ¿Es menos legítimo que el llamado a la acción de Karina? No.  El cambio grande, mediano, pequeño.  El cambio institucional, político, gerencial.  Cualquiera de ellos, todos ellos.  Hoy cambio es un clamor popular que rompe las barreras de la polarización política y la estratificación social.
Las élites políticas deben prestar atención a los temores y las expectativas de la gente. En especial deben hacerlo quienes ejercen el poder efectivo de las instituciones.  Para el gobierno, desoír al pueblo y, para la oposición, no acompañar al pueblo en sus reclamos, atendiendo agendas subalternas o desconectadas de los problemas reales, puede ser muy peligroso.  Las condiciones son terreno fértil para todo lo que, como Nación, debemos evitar: la violencia, la antipolítica, el quiebre del hilo constitucional.  Si “sólo el pueblo salva al pueblo” y “la voz del pueblo es la voz de Dios”, como tantas veces se nos ha dicho en los últimos lustros, cabe bien pasearse por las realidades de un país que pasa necesidades todos los días y cuya situación insostenible requiere de la atención prioritaria de la acción de gobierno y de la agenda política toda, oyendo a ese pueblo que no aguanta ya las penurias y que reclama con urgencia un cambio para mejor.
Los invito a ver el video testimonial de esta experiencia.




Polítka Ucab es una publicación del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello.
http://politikaucab.net/2014/12/11/la-urgencia-del-cambio/

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La vista en la pelota (Publicado en Tal Cual y RunRunes)

El descontento es prácticamente unánime.  Las últimas encuestas sólo confirman lo que se siente en cada esquina, en la parada, en el vagón del metro: la gente está cansada de pasar tanta necesidad, el país va de mal en peor y la culpa es del gobierno de Nicolás Maduro.  Datanálisis ofrece la fotografía más reciente: 85,7% de los venezolanos perciben como negativa la situación del país.  Tras un año y siete meses de un gobierno que prometió “eficiencia o nada”, nada hay en los anaqueles, nada hacen para combatir la violencia y la impunidad, nada baja de precio sino todo lo contrario, nada que se le ve compón al asunto mientras siga incrustada esta camarilla en el poder.

La inconformidad no es de gratis.  Al final, la revolución no fue más que un festín de privilegios para un grupito, signado además por la irresponsabilidad administrativa y de gestión, el saqueo al erario público y el desborde del hampa.  Mientras unos viajan en aviones de PDVSA sin ningún tipo de control ni rendición de cuentas, en flagrante peculado de uso, el pueblo hace colas de madrugada para comprar gas y los pocos alimentos que se consiguen.  Son proezas conseguir champú, detergente, pañales, jabón.

La desconexión de la cúpula gobernante con la gente de carne y hueso es total, por eso la caída libre de su popularidad.  De más está decir que si más de 85% de la población está descontenta, en esa cifra caben no sólo los opositores de siempre sino también miles de ciudadanos decepcionados por el fraude que resultó ser el “primer presidente chavista”.

Hoy el cambio es un clamor popular.  La cola, el tiro, el “no hay”, el secuestro, el “dos por persona”, el “compré lo que había”, el atraco, el billete que cada día compra menos, el abuso, en fin, el desastre, son elementos de una absurda pesadilla que nuestra gente quiere dejar en el pasado, y frente a la cual sólo reciben como respuesta de arriba la excusa, la conspiración, la CIA, el imperio, la guerra económica, la burguesía, El Niño, la iguana.  Haga el sacrificio, por la revolución, le dicen.  Necesito su apoyo y lealtad, le exigen, mientras día a día se deteriora la calidad de vida y se reducen las oportunidades.  No más.

Los sectores democráticos debemos estar a la altura de las circunstancias.  La gravísima crisis que vivimos nos exige acompañar a los venezolanos en los problemas de verdad, en el reclamo, en la contraloría social, y proponer alternativas serias para lograr el cambio que requiere Venezuela.  Las rutas son diversas: unos plantean la Constituyente, otros el Congreso Ciudadano, otros más la revocatoria del mandato del presidente.  Todas son caminos válidos y, aunque hemos planteado ya la inconveniencia de algunos de ellos y los peligros que suponen frente a un régimen como este, debemos reconocer en la heterogeneidad del reclamo un valor y mantener claro el objetivo de lograr el cambio político.

Ahora, más allá de estas y otras propuestas hay un compromiso ineludible, prácticamente mañana: la elección de una nueva Asamblea Nacional.  Hacia allá debemos ir con el reto de transformar la inconformidad en una sólida mayoría que convierta lo que es hoy un adorno del poder en una herramienta poderosa para el cambio.  Un parlamento que represente a la gente.  Allí estará la medida del éxito o el fracaso de todo el que se diga político en el próximo año, en su capacidad de traducir el descontento en votos por el cambio.  Desde la Asamblea Nacional podremos darle voz a los que hoy no la tienen e impulsar una agenda de transformaciones profundas en lo político, económico y social, que nos permitan avanzar juntos hacia el progreso.

En medio de este panorama, preocupa la exacerbación de descalificaciones y divisiones entre demócratas.  Fracasaremos y le fallaremos al país si no enfocamos todas nuestras energías en salir de un régimen autocrático, represor, violador de los derechos humanos y que cada día nos hunde en la miseria producto del modelo fracasado que importaron de Cuba.

Hay mil luchas, de mil sectores distintos, a veces contrapuestos entre sí.  El mal gobierno no lo aguanta nadie.  Lamentablemente, esto lleva a veces al desbordamiento de las pasiones desde todas las trincheras, dejando heridas que tardarán en sanar si no se le pone reparo inmediato a la situación.  En esto, la víctima es siempre la gente, que ve a sus interlocutores en una pelea ajena y estéril.  En la lucha por la democracia y el progreso hay que superar las mezquindades, el sectarismo y el canibalismo político.  Sería miope y criminal pelearse por ser el “mejor segundo” o el primero de la oposición.  El país no perdonaría tamaña grosería.

El pueblo espera mucho de sus dirigentes en medio de esta crisis tan difícil: seriedad, lucha, responsabilidad, acompañamiento.  No lo defraudemos.  Venezuela nos necesita más unidos que nunca, mantengamos la vista en la pelota y luchemos juntos.

@danielfermin

jueves, 20 de noviembre de 2014

Oído al Tambor - Entrevistado: Daniel Fermín - 17-11-14

Gobierno pirata (Publicado en Tal Cual y RunRunes)

Como el estudiante vago, el presidente esperó hasta el último momento.  Tras un año de una Ley Habilitante solicitada con la excusa de combatir la corrupción, Nicolás Maduro anunció, la noche antes de vencerse su habilitación, 28 nuevas leyes y reformas.  Al final del día fueron 41, apuradas, improvisadas e inconsultas. 

Aún el país no conoce en detalle estas nuevas leyes.  En cadena, el presidente anunció 16 y dejó la tarea de informar del resto a sus ministros.  Es un proceder atropellado meter de contrabando, entre gallos y media noche, una reforma legal de esta magnitud.  ¡Vaya participación popular! La guinda es la actitud del gobierno, que jura que se la está comiendo y que fregaron a la oposición, cegados por una soberbia tremenda que sólo incrementa su desconexión definitiva con los problemas de la gente.

Tras el choricero de artículos, numerales, literales y leyes, el país va muy mal.  Cifras del propio Instituto Nacional de Estadística dibujan un repunte espeluznante de la informalidad, que salta casi 6%.  Mas aún, 84% de los empleos clasificados por el INE en el último año lo generó el sector informal.  La violencia empeora cada día más, de nada sirve que la nueva ministra sea, como el anterior, un militar.  En el primer semestre del año hubo 455 homicidios de niños y adolescentes en lo que representa una guerra clara del hampa al futuro.  En el país de las mayores reservas mundiales, los ciudadanos se humillan haciendo colas buscando gasolina.  En año y medio Maduro trituró la economía y con ella la calidad de vida de los venezolanos, mientras aumenta la censura, la represión, la violación a los derechos humanos.  Las ciudades son cerros de basura, de miedo y desconfianza, colapsadas a las primeras cuatro gotas de lluvia.  Todo mal hecho.

Si el problema del país se resolviera con leyes Venezuela sería el país más desarrollado, equitativo y próspero del mundo.  Pero no se trata de leyes, mucho menos cuando pretenden, estas nuevas y otras no tan nuevas, acelerar el proceso de dominación social y pasarle por encima a la Constitución para darle al gobierno, por la vía legal, el sustento que ha perdido en el apoyo popular.  Allí está la Ley Desarme, aprobada pero no implementada por el chantaje del hampa roja, guapa y apoyada, que hoy ocupa a sus anchas incluso antiguas sedes policiales y sedes de gobierno.

El problema es el modelo.  Con este paquetazo legal, el pueblo pagará una vez más el fracaso del gobierno.  Ante el fracaso de la política económica y sin reparar un instante en la regaladera de los recursos de los venezolanos a otros países, el gobierno de Maduro le mete la mano en los bolsillos a los venezolanos porque se quedó sin plata.  Más impuestos.  Y ¿Para qué la plata? No es para resolver la grave crisis que vivimos, sino para financiar, otra vez y con el dinero de todos, la campaña del partido de gobierno con miras a las elecciones de la Asamblea Nacional. 

El combate a la corrupción no fue más que un pretexto chimbo, como deja en evidencia una reforma a la Ley Anticorrupción que permite al presidente declarar como “secreta” cualquier información en la materia.  En lugar de enfrentar la corrupción con transparencia, la ley da facultades para encubrirla.  El mundo al revés.

El país se les fue de las manos.  Más ocupados en mandar que en gobernar, en el control que en el bienestar del pueblo, desataron la peor crisis de la historia reciente.  El desastre rojo no se arregla estudiando la noche antes del examen.  Nuestra situación gravísima no admite soluciones piratas.  Por eso hay que cambiarlos y, con ellos, cambiar radicalmente su modelo fracasado.  De allí la importancia de organizarnos para lograr una mayoría contundente en la Asamblea Nacional.  Desde allí podremos impulsar los cambios que requiere el país y ejercer un control efectivo del gobierno, de manera responsable y seria. 

Con la verdad por delante, sin convertir la AN en una especie de genio o hada madrina, hay que llevar el mensaje de unión y cambio por todos los rincones, conversando con la gente sobre lo que puede (y no puede) lograr una nueva Asamblea Nacional, que responda al pueblo y no a un grupito enquistado.  Es la próxima parada, y nuestra más cercana oportunidad para enderezar el rumbo de un país que se desbarata por un gobierno pirata.


@danielfermin